El tratar de definir la diplomacia tendría que venir de la mano de un experto, que es el que tiene todos los mimbre “ad hoc” en su haber, para poder dar una definición clara, precisa y meridianamente clara de aquélla.
Aunque echando mano al diccionario, que nunca nos ha de faltar a nuestro lado, éste nos dirá sin ambages: “Diplomacia es -en términos genéricos- ciencia de las relaciones internacionales”. O “carrera diplomática”. Y luego, ya desde el punto de vista más doméstico y coloquial, viene a referirse a tener “habilidad, cortesía aparente para tratar a las personas”. Y si bajamos más al uso común de una simple conversación, se puede llegar a decir que fulanito de tal tiene mucha mano izquierda. Y lo entendemos perfectamente.
Es decir que, en este último caso, estamos ante el personaje que sabe maniobrar en la vida, el que aparenta una cosa y luego resulta que es otra; el que, a veces, juega a ser un poco trilero, lo que siempre será generalmente denostado y despreciado por los ciudadanos, sin excepción. Porque todo lo que no va de frente y por derecho siempre será algo que se desvía de la honestidad y la nobleza que ha de impregnar todos nuestros actos.
Es sabido por todos que los grandes diplomáticos han resuelto, en ocasiones, verdaderos problemas, que, en un primer momento, parecían auténticos nudos gordianos, que venían a ser imposible de desatar; pero el arte, la habilidad de las personas que pertenecen al cuerpo diplomático, pueden realizar actuaciones verdaderamente brillantes en el arte de resolver situaciones, muy complejas y difíciles. Porque han evitado guerras, resuelto contenciosos, aminorado arduos conflictos y propiciado rumbos de entendimiento, antes presentados como casi insuperables. Ejemplos de lo que decimos abundan, y es la Historia de los Estados la que nos han dado exhaustiva cuenta de lo que decimos.
Ahora bien, en las antípodas, no han faltado diplomáticos incompetentes que, en vez de resolver los problemas entre países, o entre determinados territorios, han venido a realizar burdas componendas que han hecho que no sólo que se aminoren los litigios, sino que han podido hacer que aumenten, causando más males que bienes a las partes interesadas.
Es cierto que, como escribe Oscar Wilde, entre algunos diplomáticos, “el arte de no decir nada ha sido elevado a la perfección” Cuanto “más vacío-sigue diciendo- es un discurso, más maravilla a los expertos por su finura”. Y finaliza así su observadora actitud: “Los que se quejan por falta de precisión en un tema son sus enemigos, que le quisieran coger una imprudencia para combatirlo”.
Hasta el mundo romano tuvo que ver mucho con el terreno de la diplomacia, lo que, por otra parte, no es algo sorprendente, ya que fue capaz de conquistar un Imperio, el cual no sólo se pudo lograr con la fuerza de las armas, sino sumando los ardides de una buena, experta y hábil diplomacia, como fruto del conocimiento de todo cuando les llevara a triunfar en el arte de la guerra. Pues sus generales no sólo debían ser grandes guerreros sino buenos seductores que supieran vender gato por liebre.
Y cualquier época de la Historia siempre tuvo grandes negociadores en saber alcanzar pingües beneficios provenientes de las largas y pacientes conversaciones. Aunque, en ocasiones, hasta los casamientos entre príncipes y princesas conseguían terminar con los grandes desencuentros habidos entre los Estados más enemigos. Era la diplomacia pasada por la cama nupcial, la belleza de la dama, la postura del novio o el poder del padre, rey o jerarca.
Entre las soluciones que siempre se han barajado para la solucionar situaciones harto difíciles ha sido saber esperar, hacer que los problemas se “pudran”, o guardarlos en un cajón, dar tiempo al tiempo, que todo luego pueda darse por añadidura. En estos casos, han sido muchas las cancillerías que han utilizado este recurso habilísimo, astuto y no exento de talento negociador, porque la paciencia se agota y es preciso acabar de una vez, aunque sea conceder al contrario cosas que, al principio no se le iban a dar.
Y es que las prisas no son buenas para nada. Y lo que, en un principio, no hay por donde coger el problema, el tiempo va dando luces y suministrando recursos capaces de poner en pie mecanismos diplomáticos que saquen del atolladero a cuanto se haya embarrancado en un primer momento.
En cuanto a las armas utilizadas por tantos diplomáticos que en el mundo han sido, pueden tener todos los sellos de la argucia, la sutilidad, el amago, la apariencia, la astucia, más el uso de saber anunciar algo que sólo está en la mente del que ofrece, pero nada más. Porque no hay nada. Sólo puede haber promesas que luego no se cumplen. Bien verdad es que, entre los que negocian, siempre saldrá mejor parado el que está en posesión de mayores recursos armamentísticos y económicos que el que presenta flancos débiles y vulnerables en eso mismo.
Se han dicho muchas cosas de la diplomacia, y el que esto escribe siempre ha admirado dicho arte, por lo que tiene de saber adornar hechos antes ácidos y turbios, haciendo brillar la verdad, aunque ésta no tenga todos los quilates que se pregonan. Pero del mal, el menor. Y es preciso tener en cuenta que el uso de la palabra, bien administrada, talentosamente verbalizada, puede llegar a conseguir notables actuaciones que han podido solucionar arduas complejidades, que, en contrario, podrían dar dolores de cabeza a las partes contendientes.
Hasta el mismo Lenin, el padre el comunismo ruso, llegaría a decir, consciente del valor de una buena diplomacia: “Cuando la diplomacia se duerme, sólo la despierta el estado de guerra”. Y es que hay que hablar, hacer comunicación entre enemigos, que siempre podrá edulcorar algo las fricciones que hayan podido surgir en momentos de peligro y angustia.
Valga, pues, la diplomacia para erradicar problemas, valga para que los hombres sepan acercarse ante los más grandes conflictos que, de otra manera, se pudieran hacer más grandes, o no tener ninguna solución, deviniendo todo en guerras calamitosas y mortíferas, que tanto mal siempre han hecho a la Humanidad.
Bien es verdad que siempre la buena diplomacia no está al alcance de cualquiera, porque siempre habrá de necesitar de medios suficientes para salir adelante, airosos del atolladero. Medios que habrán de ser de muchos modos y maneras. Uno de ellos es la enorme paciencia de que han de hacer gala los que negocian y discuten sobre determinados conflictos, porque sin ella, todo se vendrá abajo, y nada se habrá de solucionar. Es decir, sin aguante y sin tener un temperamento sólidamente tranquilo y sereno, se podrá dar al traste con todo lo que se estaba tratando de solucionar.
Decía Bertrand Russell que todo buen diplomático es “aquél que sabe soportar los insultos de su oponente con una sonrisa en la cara” Pero no todos tienen esa rara capacidad. Porque el “ego” de cualquiera siempre ha de estar a flor de piel, y saltar con denuestos al contrario, que antes atacó.
Se habla de que los políticos, en general, poseen bien desarrolladas las artes de la diplomacia. Y es verdad, en buena parte. Porque muchos de ellos son maestros en la simulación, en aparentar mucho y luego no hay nada debajo, en reír artificialmente y, en su foro interno, proferir expresiones al oponente, llamándole de todo menos bonito. Pero se trata de políticos trileros, que nunca será brillantes conseguidotes de bienes para la comunidad a quien sirven, viéndoseles las costuras muy pronto, quedando de manifiesto sus engaños y mentiras…