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La altiva elegancia del árbol

15 mayo 2014

Desde que era un niño siempre me atrajo el árbol. En esto tiene mucho que ver mi abuelo materno, que solía llevarme con él a una finca repleta de ellos y con las especies más diversas.

Desde que era un niño siempre me atrajo el árbol. En esto tiene mucho que ver mi abuelo materno, que solía llevarme con él a una finca repleta de ellos y con las especies más diversas. El transporte desde casa, se hacía, habitualmente, a lomos de un mulo, un poco falso, pero mi abuelo lo entendía muy bien y nunca nos dio un disgusto.

Una vez que llegábamos a dicha heredad,(adquirida poco a poco, trozo a trozo, al ritmo del dinero ahorrado por él, hasta hacer de ella un campo de gran extensión), enseguida, como un rapaz que era, le empezaba a preguntar por el nombre de cada uno de los árboles que se iban interponiendo en nuestro camino, de la más variada diversidad, color y hechura, unos más esbeltos que otros, algunos achaparrados, otros fornidos y corpulentos, y todos de un gran interés para mí.

Abundaban, sobre todo, los pinos, unos piñoneros y otros para el negocio de la madera; aunque éste tenía lugar, sólo de vez en cuando; es decir, en períodos de diez años; no faltaban los olivos, muy desarrollados en estas tierras de la comarca Sierra de Gata, y con un fruto de aceite de muy alta calidad, por lo que siempre ha sido muy valorada por aquéllos contornos. Y cómo no, también estaban presentes el roble, corpulento y retorcido, y el alcornoque, muy fornido y majestuoso.

A este respecto, no se me puede olvidar lo que me contó sobre una especie de casita, toda ella de madera, que mi abuelo construyó, tiempo atrás, sostenida entre tres fuertes y sólidas ramas, de un gigantesco alcornoque, a modo de palafito, desde donde solía otear la gran amplitud de la finca, llena de pequeñas colinas, fuertes hondonadas, subidas y bajadas. Aquello me reveló que mi antecesor en la familia de mi madre, era un hombre muy imaginativo, a la vez que de buen sentido del humor, amante de la buena mesa y no menos de un buen trago de vino. Ni que decir tiene que de esa pequeña construcción sólo había nimios restos, como algunas puntas clavadas y poco más. Pero mi fantasía de chico despierto siempre hacía que me imaginase la forma y el vuelo de tal “palafito”, aunque no hubiese agua debajo del corpulento árbol. Porque, eso, hay que señalar que la finca era toda de secano, y yo no observé nunca en ella ni el más pequeño regato.

Y abundaba el madroño, con su fruto esférico y rojo, a modo de pequeño erizo, muy dulce al paladar, lo que me invitaba con frecuencia a degustarlo, aunque su dulzor, también hay que decirlo, me parecía un poco empalagoso, por lo que desistía pronto de comerlos. Y junto al madroño, el castaño, de formidable tronco y seguro, un árbol lleno de esplendor, y de una cierta elegancia, teniendo, en épocas otoñales, numerosos erizos, tanto en sus hermosas ramas como ya caídas en el suelo, y castañas esparcidas por él, algunas de ellas salidas de sus cápsulas, de agudos pinchos.

Tengo que decir que, no pocas veces, hube de pincharme con tales cápsulas, por lo que me era bastante desagradable el sacarlas de ellas, y luego saborearlas. Operación que, en más de una ocasión, no terminaba, porque había luego que despojar a la castaña de una especie de “camisa”, de fuerte color marrón, para poder degustarla.

Como estamos en una finca de clima continental mediterráneo, el suelo era rico en toda clase de plantas arbustivas, como brezos, jaras, escobas, torviscas, carqueixas, sin que faltaran toda clase de enredaderas y zarzales, que mi abuelo no dejaba de cortar para mantener bien expeditos los caminos que serpenteaban diseminados por la finca, donde, por supuesto, no faltaba una casita, muy modesta, pero bien edificada, en que nos guarnecíamos en tiempos de tormentas con grandes chubascos y granizos. Tampoco se me ha olvidado que frente a ella había una gran piedra de pizarra, sostenida por los “pies” de una máquina de coser, donde echábamos pie a tierra, para apearnos de nuestro paciente, aunque falso, mulo.

Tras este exordio que acabo de hacer, tengo ahora que confesar que es donde empecé a saber lo que era un árbol; aquí supe de su belleza y hermosura, de sus plurales colores, con los tonos verdes en sus más diferentes grados, de sus ubérrimos frutos, y hasta de algún hecho fortuito que les había acontecidos, como la caída de un rayo sobre uno de ellos, creo que un madroño, donde su tronco parecía haber quedado herido por el fuego lanzado sobre su tronco, un día de gran tormenta. No se me ha olvidado esta imagen, en que tantas veces pensé; porque, si en vez de fulminar el árbol, hubiera caído sobre una persona, sin ninguna duda lo hubiera matado.

Pero en los árboles había nidos, y en los nidos algún pájaro, o pequeños huevecitos, de toda clase de aves, mayormente de los llamados, por aquellos contornos, rabilargos, que fueron para mí de una deslumbrante revelación, porque, apoyado en los brazos de mi abuelo, pude trepar por uno de los pinos, y ver un nido con tres o cuatro huevos, de color verdoso y pintas negras…

Han pasado muchos años y aún no se me ha olvidado tan excitante descubrimiento, algo totalmente desconocido para mí. Como no se me ha olvidado el pequeño y tosco corral, desde el que un amigo de mi abuelo, por un agujero, horadado en la pared, disparaba con su buena escopeta de dos caños, a las perdices que acudían al encuentro de una perdiz macho, encerrada en una jaula cuyo donjuanesco cacareo las atraía fuertemente…

Era todo un mundo hermoso, donde el protagonista incontestable era el árbol, en sus más variadas formas y clases, con su ramas voluminosas, sus bellas hojas, y que tan buena sombra proyectaban en los días calurosos del verano. Pensamientos todos ellos, arrancados de mis años infantiles, teniendo siempre ojos abiertos como platos para todo aquel entorno; sobre todo, cuando pude ver un nido colgado de una rama, ante lo que muy raudo pregunté que clase de pájaro era al que se le había ocurrido colgar su casa de una frágil rama. Era la bella oropéndola, de colores grises y amarillos, y pico largo. Su canto era melodioso y entrecortado. Pero su vuelo no era gentil ni airoso.

Pues bien, todo esto me da pie para hacer las siguientes reflexiones, desde mi hora adulta y tras haber paseado innumerables veces por toda clase de bosques y alamedas, pinares, alcornocales, olivares y huertos, más los verdes naranjales, de fruta ubérrima y ferazmente hermosa, en buena parte de España, especialmente en Andalucía y en tierras de Valencia.

Pero…¿ qué supone el árbol para mí? El árbol es un destello vital, un barril de oxígeno, paradigma ecológico y hasta se me ocurre pensar que es un auténtico pantocrátor del desierto. Por eso, un campo sin árboles es un yermo desolado, sin luz y sin aroma. Aunque, en invierno, silente y triste, parece dormitar esperando respirar los brotes verdes de Antonio Machado:“Al tronco carcomido y polvoriento /y en su mitad podrido/,con las lluvias de abril y el sol de mayo/algunas hojas verdes le han salido. Nunca, unos versos, en lengua castellana, embellecieron tanto al viejo tronco, que se convertiría, por milagro de la Naturaleza, en nuevo brote de vida.

El árbol es saco ubérrimo de frutas, y nido de cientos y miles de pájaros, que acompañó siempre al hombre desde el bíblico Paraíso, con la higuera de hojas anchas, con sus hermosas brevas y exquisitos higos, después; la sobria encina, paradigma de tierras con cerdos en montanera, el olivo litúrgico, la bella palmera, con su imperio en el Elche de Gabriel Miró; la araucaria gigante, el mirto oloroso, el almendro para el dulce siempre apetecido, el naranjo y el madroño, del que ya hemos hablado…Y siempre toda arboleda, tras haber dado, en todo tiempo y lugar, sus ricos manjares, ha peinado vientos, como arpas tocadas en noches de cierzo.

A su bellísima plasticidad, añadimos ahora su madera, que hermoseó despachos de altos dirigentes, dio suave calidez a los suelos, y puede ser convertida en papel, o en una pequeña cuna, en matrimonial cama, en grácil canoa y en góndola gótica…Y se puede tranasformar en la guitarra nacional, en palo de escoba o mesa-camilla; en soberbio mástil, suntuoso escaño o altiva cucaña; en yugo de carreta para caminos polvorientos y llenos de barro, o en abrupto cayado de pastor…Hace años, los álamos escoltaban la carretera y aquel “camino verde que va a la ermita”, cantado por Jorge Sepúlveda, pero el hacha terrible los ha cortado a todos, por eso de la seguridad vial.

Al árbol le dedicaron versos el gran Berceo y el marqués de Santillana, que habló de“collados selváticos y espesos”; el fecundo Lope de Vega, con su “campo que retumba”; San Juan de la Cruz, cuya pluma se deshacía en amores por sus “cedros rumorosos”; Juan Ramón, dibujó pentagramas de “arboledas lejanas”; Gabriel Miró versificó su éxtasis ante el boj; García Lorca, exaltó la “risa de una brisa de alamillos”. Y Gabriel y Galán, nuestro poeta salmantino-extremeño, cantaría a sus “guindos de la vega” y a “la copa verde de la encina vieja”…

Pero hay tres que fueron mitificados, como: el ciprés, el olmo y el álamo. Tres ejemplos de las más altiva elegancia, de perfil señor y majestuoso, de rancia estirpe palaciega…Sublimó al primero Gerardo Diego con su soneto:“El ciprés de Silos”; Antonio Machado le pudo dar su “honda palpitación del espíritu”, al “olmo viejo y hendido por el rayo…”. Y el último sería muy celebrado por Góngora con sus letrillas, y con los requiebros de J.Guillén, D.Alonso, Azorín y M. Hernández. Sin faltar los grandes piropos de tantos poetas al bosque centenario, al huerto de naranjos y cerezos, al pinar soberano en la colina, al robledal cidiano con resonancias de poema nacional…

Y, cómo no, a ese frondoso árbol, que cual viejo patriarca, señorea la plaza recoleta de nuestros pueblos, con ancianos, ya cansados de la vida y sus pesares, contando sus anécdotas, sin faltar los piropos a los árboles del barrio y de la calle, cuando muestran sus estampas de tarjetas de amor soñado; y sin dejar de añorarlos, vestidos de una vorágine de hojas, cuando sufrimos los fríos latidos del invierno.

Por eso tanto nos duele ese arbolito tronchado por manos insolentes en noches de jolgorio. Pero, por encima de todo, no hay nadie que pase indiferente ante la elegancia, la hermosura de un bello y corpulento árbol, lleno de color y de ritmo, cuando sus hojas son mecidas por la brisa de una tarde en días, lentos y perezosos, de un calor insoportable…

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