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Pelayo y sus asnos salvajes. Covadonga (722)

02 mayo 2017

Pelayo y sus asnos salvajes. Covadonga (722)

Año 711, nos encontramos en las orillas del río Guadalete (Cádiz), allí se tienen frente a frente el rey visigodo Don Rodrigo y el general omeya Tariq...

Año 711, nos encontramos en las orillas del río Guadalete (Cádiz), allí se tienen frente a frente el rey visigodo Don Rodrigo y el general omeya Tariq. No hace mucho que el ejército musulmán había cruzado el estrecho y penetrado en la península, sus hombres han tenido tiempo para descansar y están frescos. Por su parte, Don Rodrigo vino a toda prisa desde Pamplona, donde se encontraba luchando contra los vascones, así que la tropa no podía llegar más cansada.
El encuentro estaba servido y con él la batalla. Se dictaron las órdenes pertinentes, se rezó y con cierta épica se lanzaron ambos ejércitos en busca de la gloria. La lucha parecía pareja, pero de pronto una parte del ejército visigodo se volvió contra los suyos creando gran confusión. Cambiados estos de bando, la balanza se inclinaba del lado de Tariq, sus hombres masacraron muy a gusto a los soldados del rey Don Rodrigo -algunos dicen que incluso al propio monarca le costó la vida- y en menos que canta un gallo dedicaron aquella victoria a Alá y a los mismos Omeyas.
La batalla de Guadalete significó el comienzo de la conquista musulmana de la Península Ibérica, una conquista rápida (15 años), en la que pueblo y nobleza no dudaban en inclinarse ante los árabes, ya fuera por pasividad o por el mero hecho de mantener privilegios y posesiones. Pero esto no sucedió con todos, una parte de la población cristiana (pueblo y baja nobleza principalmente) se negó a vivir bajo el dominio musulmán y decidieron emigrar al norte, donde el moro aún no había puesto pie, a la tierra de astures y vascones, allí podrían empezar de nuevo y guardar bien su Fe.
Entre esta gente se encontraba Don Pelayo, un noble asturiano que había sido jefe de la guardia del rey Don Rodrigo y luchó junto a él en Guadalete. Tras la batalla logró huir a Toledo, pero cuando la ciudad cayó hubo de poner pies en polvorosa y exiliarse a su natal Asturias.
Lo cierto es que Pelayo no tuvo tiempo ni para acomodarse junto a su familia, pues nada más llegar, los musulmanes, de manos de Muza, remontaron el río Nalón e invadieron la tierra asturiana hasta dominar incluso Gigia (Gijón), con lo que consiguieron la sumisión de la gente del lugar, obligándoles a pagar sendos tributos. Esto Pelayo no lo tomó a bien y reunió a varios partidarios para que organizasen una hueste que les permitiera dar refriega a los invasores, cosa que le valió ser proclamado rey de los astures por los pueblos norteños (la monarquía seguía siendo electiva). Pero desgraciadamente la cobardía se adueñó de muchos nobles y a última hora lo abandonaron, dejando a Pelayo con el culo al aire y poniéndolo a merced de los musulmanes. Fue enviado a Córdoba acusado de incitar a la rebelión del pueblo astur y allí permaneció preso cierto tiempo, mas no mucho, ya que mediante algún soborno que otro y tirando de falsas promesas consiguió escapar del lugar y volver nuevamente a Asturias -piensen por un momento las peripecias que hubo de acometer en la capital para escaquearse del lugar-, en esta ocasión regresaba por un motivo añadido, Munuza, gobernador del norte de la Península, quería desposar a su hermana y si lo conseguía, significaría manchar el nombre de la familia, traicionar sus principios y los de la gente que le había apoyado. No podía aceptar la propuesta del infiel.
Ya en tierra asturiana, sentía cierto cobijo, pero no seguridad, el lugar estaba bajo dominio de sus enemigos y él precisamente no iba a ser tratado con cortesía por ellos. Ahora bien, contaba con algo a su favor, tras aquella primera revuelta que intentó organizar, muchos habían seguido sus pasos y por cuenta propia se ¨lanzaron a la montaña¨ (nunca mejor dicho) para dar castigo al moro. El principal foco de resistencia se encontraba en Covadonga y Cangas de Onís, de modo que tan presto como pudo se dirigió al lugar con idea de unificar a aquellos rebeldes y encabezar una nueva resistencia, esta era ya la segunda y el caso es que resultaba más emocionante que la primera, pues además de los motivos tributarios y religiosos, se añadía ahora un aliciente personal y sentimental, todos luchaban no ya solo por la Fe, sino también por el honor de Pelayo, su rey y caudillo.
Cuando los enviados de Munuza llegaron a tierras astures en busca del pago anual, hubieron de largarse con las manos vacías, pero eso sí, bien cargados de palos y pedradas. De modo que en cuanto llegaron a León y comunicaron al gobernador lo sucedido, éste rio irónicamente y preparó un contingente para dar una lección a aquellos <> que se refugiaban en las alturas.
Pelayo sabía de sobra que se iba a formar bien gorda y tan solo contaba con 300 hombres, luego debía preparar a los suyos e idear una táctica eficaz para compensar la superioridad numérica del enemigo. En realidad lo único a lo que podía echar mano era el terreno, muy peligroso para el que lo desconocía y sumamente benévolo para quien por fortuna lo dominase. Aquellos moros que venían del desierto tendrían todas las de ganar en campo abierto, mas no habían conocido aun la furia de unos cuantos hombres arrinconados entre las escarpadas montañas de Asturias.
Mandó entonces Munuza a un buen general, Al Qama, al mando de 1400 hombres para que a modo de razia diera una reprimenda a los sublevados. Penetró sin problema en Asturias y se dedicó a perseguir a los partidarios de Pelayo, estos acatando las órdenes de su caudillo, se retiraron de forma vistosa para atraer a los musulmanes y conducirlos hasta Covadonga. La persecución se convirtió en un verdadero desastre para los musulmanes, que se vieron obligados a cruzar profundos barrancos y senderos muy estrechos, así que más de un caballo terminaría por despeñarse y con él arrastraría seguro a varios hombres.
Cuando los hombres de Al Qama quisieron darse cuenta, se encontraban en un valle muy cerrado y rodeados de grandes elevaciones y angostas rocas, de nada servía ahora la superioridad numérica.
Pelayo dispuso a sus hombres en las elevaciones que rodeaban la depresión, entre estas era bien visible la cueva Dominica, allí donde se dice que la Virgen se apareció. Estuviera ésta presente o no, los cristianos se sirvieron para despachar muy a gusto a todos los moros que pudieron, lanzando flechas y piedras a diestro y siniestro. El caso es que los musulmanes no podían huir, el elevado número de hombres hacia muy difícil cualquier maniobra y repliegue, además, les era imposible llegar hasta aquellos salientes desde donde los acribillaban los cristianos. El pánico se adueñó de los hombres de Al Qama y tirando más de épica que de Fe, Don Pelayo se colocó en la retaguardia enemiga con un centenar de hombres para así cortarles la única huida posible. Los encerró y dio muerte a muchos que no tuvieron tiempo ni para encomendarse a Alá, entre ellos el propio Al Qama. Mas, aquí no terminó la batalla, pues la tropa musulmana huyó en desbandada como pudo y se dirigió al río Cares, hasta donde los persiguieron un grupo de hombres que les dio caza.
Aquella victoria otorgó el valor necesario a los astures para levantarse contra el dominio musulmán, la mecha estaba encendida. Munuza intentó huir de Gijón, pero en vano, allí sucumbió ante la gente Pelayo, aunque otras fuentes afirman que el mismo caudillo le dio muerte o incluso que éste lo perdonó, hasta se ha llegado a decir que huyó a Cerdeña, pero con los relatos de la Alta Edad Media ya se sabe lo que pasa, que se mezcla la leyenda con la realidad. Nosotros diremos que murió porque eso queda más romántico.
Pelayo consiguió plantar cara por vez primera a los musulmanes y librar al pueblo astur del pago de tributos, algunos lo denominarán el padre de la Reconquista y otros lo considerarán como un caudillo que puso las bases para el nacimiento de ésta. Fuera como fuese, lo que si es cierto es que aquellos <> despreciados por los árabes, dieron una buena escabechina al invasor, supieron hacerse notar y en cierto modo respetar.

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