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EL MONARCA DE SIERRA MORENA

23 febrero 2017

España siempre ha sido tierra singular, llena de héroes populares que luchan contra la ley ¨en nombre de la verdadera justicia¨, personas, con nombres y apellidos, que desde tiempos inmemoriales,

huyendo de la jurisprudencia y de la miseria se han echado al monte para dedicarse al bandolerismo, en busca de la libertad y una vida mejor. De entre todos estos hombres, uno llegó a granjearse una reputación que hizo al déspota y engreído de Fernando VII sentir más de un escalofrío cada vez que oía su nombre, ¨José María el Tempranillo¨.

Nos encontramos al sur de la provincia de Córdoba, concretamente en Jauja, pedanía de Lucena, a las orillas del río Genil. En este rinconcito de Andalucía, hacia junio de 1805, nace en el seno de una familia de jornaleros muy humildes, un niño que es bautizado con el nombre de José Pelagio Hinojosa Cobacho, (el ¨María¨ que se le atribuyó como segundo nombre, era algo típico de la época, sonaba bien y aunque no te llamaras así, te lo decían y se te quedaba). José María estaba destinado a heredar el destino que tenían marcado sus padres, currar de sol a sol para el señorito -el ¨señorito¨, esa figura tan famosa en Andalucía, un latifundista que explotaba a los campesinos a cambio de un repugnante jornal; y que no contento con esto, también podía disponer a su antojo de cómo había de funcionar el pueblo y su gente- y vivir en la miseria hasta el día de su muerte, la cual, al menos le liberaría de la penuria y daría el descanso que todo campesino del momento merecía.

El destino parecía tener atado a José María: era un analfabeto más, otro jornalero cualquiera para el terrateniente, un joven que tenía en la cabeza la idea de formar una familia y trabajar día sí y día también para sacarla a delante como buenamente pudiera. Ah, pero la juventud es la juventud, y si por algo se distingue esta etapa de la vida es porque no hay nada escrito, las pasiones, los arrebatos y las ansias de libertad hacen a más de uno tomar alguna decisión no poco arriesgada que termina marcando de por vida a la persona; esto mismo le ocurrió a nuestro joven héroe con tan solo 15 años. Era el 29 de septiembre de 1820, la romería de San Miguel rebosaba una alegría impregnada por el ¨cante¨, el vino y el buen comer, José María se encontraba bajo una encina con la que entonces era su novia, ambos se hallaban lanzándose miradas inocentes y efectuándose ademanes de cariño, cuando de pronto, un hombre ya bien crecido, de unos 40 años, rudo y desagradable, empujó al novio y forzó a la muchacha para que ¨bailara con él¨. José María, ni corto ni perezoso no dudó en reaccionar, hizo muestra de su virilidad ante lo que se antojaba una pelea de gallos, levantó con mucha flema, sacudió el polvo de su ropa y sacó su navaja desplegándola lentamente, en tono desafiante dirigió una penetrante mirada maliciosa hacia su adversario, éste sacó la suya y entre un gesto burlón con la mano y una risa de desprecio referida a la inexperiencia del joven, se lanzó a por el chico en busca de su ¨pescuezo¨, pero erró, José María, tan audaz como siempre, aferró con su mano izquierda el brazo de su agresor, impidiendo así la puñalada, mientras, con gran rabia asestó una terrible puñalada al costado de aquel desgraciado, regalando una considerable hoja de acero al costillar, produciendo que aquel tipo chillase y se desangrase cual cerdo en las matanzas de invierno. El apuñalado lanzó un grito a los cuatro vientos en busca de una ayuda que ya no le salvaría la vida, pero que quizás si le costara cara la afrenta a su joven adversario enamorado. José María no se detuvo a observar la escena, aturdido por el alarido desgarrador de su víctima no se lo pensó dos veces, tomó por las riendas el primer caballo que vio, lo montó e instantáneamente lo espoleó, cabalgando como alma que lleva el diablo hacia el monte, el que a partir de ese momento sería su hogar y refugio.

El joven convicto – que estaba ya en busca y captura por culpa del asesinato de aquel degenerado- no tardó en dedicarse al bandolerismo, oficio de todos los ¨echados al monte¨. Primero hizo sus pinitos en el contrabando, algo muy común pero de poca monta para alguien que prometía tanto, así que tan pronto como pudo se enroló en una banda, pero no en una cualquiera, se unió nada más y nada menos que a ¨Los siete niños de Écija¨, la mejor cuadrilla del momento -allí estaban: ¨Malafacha¨, ¨Satanás¨, el ¨Ojitos¨, el ¨Cojo¨, el ¨Tragabuches¨...- salteadores que robaban hasta a su propio padre si hacía falta. Fue en esta banda donde José María se ganó el apodo de ¨El Tempranillo¨ (por aquello de que empezó muy pronto, con tan solo 15 años), y donde se curtió y aprendió de los mejores. Pero la banda (aun siendo la mejor) se quedaba ya pequeña para un Tempranillo de 18 años que se veía capaz de obtener mucho más poder y reputación, de modo que abandonó a ¨Los siete niños de Écija¨ y se dispuso a crear su propia cuadrilla, que se hizo autónomo, vaya. La nueva banda llegó contar en su mejor momento con 50 hombres e incluía una amplia red de espías e informadores, que permitieron a José María controlar toda Sierra Morena y coronarse como rey de la misma- ya lo decían algunos escritos de la época <>-. Desde el primer momento demostró gran profesionalidad, teniendo gran predilección por los carruajes y diligencias de la Hacienda Real a quienes cobraba un peaje impuesto por la banda, estaban mejor organizados que Hacienda, oigan.

Y  como a mí me gusta más una batallita que a una monja una furgoneta, me voy a enrollar por puro placer, para contar una hazaña concreta del bandolero:

Cuenta la leyenda que un buen día un arriero volvía a su pueblo, portaba una carga de pellejos de vino sobre un borriquillo flaco y pelado, medio muerto de hambre, cuando al llegar a una senda se encontró con un forastero, que no era otro que “El Tempranillo”, quien se echó a reír al ver al pollino y dijo:

- ¿Qué penco es ese amigo?, ¿Estamos en carnaval para que andes así?

-Compadre, -respondió el arriero apenado-, este animalejo, por feo que sea, es lo que me gana el pan, pues soy un desgraciado y no tengo dinero para comprar otro.

- ¿Cómo? ¿Y es este asno asqueroso lo que te impide morir de hambre?, pues me parece que no te durará más de una semana, toma...

Lanzole una bolsa con mil quinientos reales, le hizo dirigirse a una posada donde vendían mulas, y le dijo que si al día siguiente le volvía a ver con aquel borrico viejo los despeñaba a los dos por el barranco, obligándolo así a comprar un nuevo animal. A la noche siguiente los compañeros de José María se presentaron en la posada y a punta de trabuco exigieron al vendedor de la mula el dinero recibido por la venta, despidiéndose a la voz de <>.

Esta historia es tan solo una de las muchas que catalogan al Tempranillo como un héroe del pueblo: la mayor parte de lo recaudado en asaltos era repartido entre sus hombres, quedándose él con poca cosa (sabía contentar a su cuadrilla); cuando buscaba cobijo en algún pueblo repartía entre sus habitantes grandes cantidades de dinero y comida, fruto del asalto a diligencias.

Es gracioso comentar que incluso las damas salteadas por ¨don José María¨, bebían los vientos por él, y es que nuestro bandolero, como buen romántico de su época, era todo un galán; invitaba a las mujeres bajar del carruaje, las acompañaba hasta la sombra de alguna encina y allí tomaba su mano, la cual besaba y desposeía de sortijas mientras dulcemente recitaba aquella famosa frase <>.  Pero que este hecho no nos lleve al engaño, pues el Tempranillo jamás tuvo fama de mujeriego, ya que tan pronto como fundó la banda conoció a una joven y bella gaditana, María Jerónima Francés con quien vivió un romance típico de la literatura de su siglo.

Al poco de casar la joven pareja, María quedó embarazada y 9 meses después el parto se ponía en marcha, lo hacía en un cortijo de Grazalema, un 6 de enero de 1832. Allí estaba el bandolero junto a su mujer, cuando de repente sonó una voz autoritaria <<¡Tempranillo, sabemos que estás ahí, sal y ríndete!>>, eran los migueletes, tenían rodeado el edificio, seguro que alguien del pueblo había dado el chivatazo. En ese momento ante los ojos del Tempranillo, María fallecía a causa del alumbramiento, dejando en su último aliento agónico un retoño que a duras penas luchaba por sobrevivir.  Los migueletes abrieron fuego contra el cortijo, convencidos de la rendición inmediata del bandolero, pero habían pinchado en hueso; el Tempranillo, consciente de que la cosa pintaba bien jodida, no podía permitir que su leyenda acabara allí de esa manera, junto al cadáver de su mujer y dejando huérfano a su moribundo hijo. Entonces, haciendo acopio de esa audacia que le caracterizaba, acomodó lo mejor que pudo a su hijo en la faja y se echó el cuerpo de su mujer a la espalda, se lo ató fuertemente con el pañuelo de seda y seguidamente se dirigió a la cuadra para tomar un caballo que montó a pelo, sin riendas y sin montura, tan solo aferrado a las crines. José María consideraba su suerte echada, se encomendó a la virgen y abalanzó al caballo sobre la puerta falsa, (la de atrás del edificio) salió a galope tendido del lugar, saltando por encima de los soldados que le esperaban para darle caza, quienes dirigieron las armas hacia el bandolero y esta vez (se dice) no tiraron a matar, quizás porque estaban aturdidos ante la macabra imagen que veían o quizás por el inmenso respeto que infundía la persona del Tempranillo, fuese lo que fuese lo cierto es que José María salió de allí salvando el pellejo y sin rasguño alguno.

Al día siguiente el Tempranillo entregó el cuerpo de María a la familia de esta, dándoles además una bolsa repleta de dinero para pagar el entierro y  darle sepultura. El día 10 de enero de 1832, un abatido y desolado Tempranillo llegó a Grazalema junto a su cuadrilla para bautizar a su hijo; la gente del pueblo, consciente de que no le quedaban fuerzas para la venganza, respetaron su dolor y decidieron no dar cuenta a las autoridades, ni siquiera, quien días antes lo vendió y ahora era causante del tormento que arrasaba su corazón, se atrevió en esta ocasión a delatarlo.

Tras este suceso el Tempranillo cayó en un pozo de tristeza, pero sin saberlo, su leyenda se hizo más grande. El propio Fernando VII, harto de José María e irritado por la incapacidad de darle caza por parte de sus migueletes, le propuso una oferta: ofrecería el indulto al Tempranillo y a sus hombres, a cambio éste debía abandonar el bandolerismo y crear una cuadrilla dedicada perseguir a los bandidos de la sierra. La propuesta era dura, si la aceptaba traicionaría todo lo que le representaba, sus ideas y principios por los que había estado luchando este tiempo, pasaría a ser un siervo más del absolutismo... Pero en la otra cara de la moneda estaba su hijo; no podía seguir con esta vida por el bien de su futuro. De esta manera y con mucho dolor, anteponiendo su papel como padre, José María aceptó y dio el siguiente mensaje a su banda <>. Muchos aceptaron la propuesta, pero otros como el Venitas dijeron que si quería que les buscaran, que no conocían otra vida que no fuese el monte.

Y así, con todo el dolor de su alma, el Tempranillo se dedicó a perseguir a los que fueron sus compañeros, los cuales no tuvieron reparo para enfrentarse a él y acabar con su vida:

La maán/

La mañana del 22 de septiembre de 1833 cabalgando junto a sus hombres por la Sierra de Camorra, José María el Tempranillo se encontró con “El Barberillo” (antiguo miembro de su banda), quien huía de la justicia por un atraco cometido hace unas semanas, por ello no dudó en abrir fuego contra José María y escapar tan pronto como pudiese de su vista. Se produjo así una persecución tras el rastro del Barberillo, que culminó cuando el Tempranillo y sus hombres llegaron a un solitario cortijo, perfecto para el refugio de salteadores y bandidos. Bajó presto José María del caballo y observó el edificio con mucha atención, sin duda ¨El Barberillo¨ se encontraba allí. El Tempranillo decidió investigar y reconocer el lugar, señaló la puerta falsa de cortijo y ordenó a uno de sus hombres entrar por ella, ordenó a los otros dos que se quedaran en la entrada y él se posicionó en una esquina a la espera del primer hombre. De pronto se oyó un disparo y una fuerte voz, el Tempranillo llamó a su hombre y al no obtener respuesta fue en su busca, así se dispuso a hacerlo, pero sin esperarlo se encontró al Barberillo ante sus narices y no le dio tiempo ni ha pestañear cuando éste le soltó un disparo de trabuco a bocajarro que terminó por quemarle bien las entrañas. El Barberillo había conseguido librarse de su principal preocupación, y tan rápido como pudo llamó a sus compañeros y huyeron a caballo por la puerta falsa. Entre toda esta refriega los hombres que José María tenía apostados en la entrada se apresuraron a socorrer al Tempranillo y su otro compañero, éste último salía aturdido y con el brazo destrozado pero de momento se hallaba lejos de la muerte, por su parte, José María se encontraba luchando a duras penas por sobrevivir, tosía sangre y las fuerzas no le daban para emitir ruido alguno, solo ligeros balbuceos referidos a su querida madre y al hijo que dejaba huérfano, salían de su boca.

Sus compañeros trataron de salvarle la vida y lo llevaron tan pronto como pudieron hasta Alameda, donde rápidamente le acomodaron una posada para atender aquellas heridas que él ya conocía de muerte, ese mismo día, tras recibir la extremaunción y la correspondiente confesión, junto a sus fieles compañeros que lo siguieron más allá del bandolerismo, muere José María el Tempranillo ante la pena de los que siempre fueron sus hombres, Sierra Morena entera lloraba la pérdida del hombre que más prestigio dio a aquella tierra.

Acababa de esta manera tan perra y traicionera la historia de José María el Tempranillo, pero daba comienzo el recuerdo del último héroe romántico de Andalucia, las lenguas del pueblo lanzaron al viento las vivencias del Tempranillo, creando toda una gran leyenda alrededor de la figura de tan grato personaje.

OPINIÓN DE NUESTROS LECTORES

Ra?l 23:41 04 marzo 2017

La verdad es q me ha encantado ?

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