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Los batículos del insti

19 junio 2018

Los batículos del insti

Cuando el estudiante cacereño de aquellos tiempos comparecía ante el tribunal de diversos profesores en el Instituto Nacional de Enseñanza Media “El Brocense”...

Cuando el estudiante cacereño de aquellos tiempos comparecía ante el tribunal de diversos profesores en el Instituto Nacional de Enseñanza Media “El Brocense”, uno de los centros de mayor prestigio pedagógico en toda la región extremeña, y procedía al examen oral para optar al ingreso en el bachiller, acudía a la prueba entre las inquietudes propias de la transcendencia del momento, vestido con la ropa festiva guardada en el armario ropero, bien planchada, zapatos con lustre y brillo, lo hacía con higiene y la mejor presencia, el pelo bien peinado, emanando olor a colonia, a granel o de marca, y acompañado de familiares, que esperaban escuchar el nombre y apellidos del examinando por parte del secretario del tribunal, para que el alumno caminara, de forma nerviosa por el pasillo de la sala, como protagonista de las miradas de todos los asistentes, subir un par de peldaños, y someterse, allá, en el estrado, de derecha a izquierda, a las preguntas del profesorado en diversas materias, como Gramática, Geografía, Aritmética, Ciencias Naturales, Historia             o Religión.

Posteriormente, una vez superado el examen de ingreso, el alumno ya se iniciaba en el primer curso de bachiller en aquellas aulas, acompañadas de la solemnidad y el sabor histórico que emanaba de las mismas, en un edificio, el Insti, ubicado en el epicentro de un sorprendente y mágico escenario, un enclave de relieve del que tanto gustábamos y de señalado relieve en las páginas de Cáceres. Un lugar de ancestrales hazañas, andanzas, aventuras y correrías medievales, en medio de una densidad de palacios, iglesias, torres, casonas nobiliarias, conventos, plazoletas, callejuelas, adarves, tañidos y repiqueteos de campanas, con vuelos permanentes de vencejos, de quicas, de golondrinas, de aviones, de gorriatos, de cigüeñas, de mirlos, de estorninos, de cernícalos…

En aquellos primeros días de sus inicios como alumnos del primer curso de bachiller, allá por los comienzos del mes de octubre, los neófitos eran denominados por el resto de estudiantes de otros cursos, es decir, los veteranos, que alcanzaban el recorrido que transitaba desde el segundo curso hasta preuniversitario, como pipiolos, que procede de la voz latina pipio-pipionis y que se traduce como pichón o polluelo de paloma o de otro pájaro.

El diccionario de la Real Academia Española señala al pipiolo como principiante, novato o inexperto. También como niño o chiquillo. Y, por amplitud, a aprendiz, sin experiencia, e, inclusive, ingenuo. Una palabra, pipiolo, que en España derivó, coloquial y popularmente hablando, en una larga serie de acepciones, como bien pueden ser, además, las de bisoño y hasta “bozal”, en tanto en cuanto la misma se define como “inexperto en una actividad o empleo”.

El curso escolar se ponía en marcha en el transcurso de una ceremonia en el Aula Magna con el ritual académico tradicional. Vestimentas profesorales con negras togas, corbata o pajarita negra, birretes, mucetas, puñetas en las bocamangas, desfile de autoridades, discursos, entregas de diplomas a los alumnos distinguidos con matrículas de honor en el curso pasado y lo que se denominaba como una lección magistral.

Unas semanas iniciales en las que el pipiolo bachiller, en base a una larga tradición, se convertía en objeto de una ávida persecución por parte de los más veteranos o mayores, hasta lograr inferir al nuevo estudiante la “novatada” correspondiente, y que consistía en una cadena de baticulos. Esto es, una serie de golpes en las nalgas, tal como remarca el diccionario.

Para ello los estudiantes más mayores localizaban a aquellos desprotegidos pipiolos, a quienes se les notaba en la cara su aire de alumno novicio en el centro docente, y cuando lograban darles alcance, lo cual les resultaba demasiado fácil, lo llevaban a uno de los tramos de escaleras existentes entre piso y piso. Por lo general uno de los de la bajada hacia el sótano, donde estaba situado el gimnasio y salón de actos, por resultar la zona menos frecuentada por el profesorado, ya que los pedagogos, de presenciar la “novatada”, acababan con ella en menos que canta un gallo, protegiendo a los novatos y ruborizando a los mayores mientras el grupo de estos se disolvía en desbandada por los cuatro puntos cardinales.

En el comienzo de dicho tramo de escaleras los veteranos desposeían al pipiolo de su cartera, repleta de cuadernos, libros, bolígrafos y lápices, sentaban a la presa que conformaba el polluelo y mientras unos cuantos de aquellos muchachotes procedían a tirar de las piernas del temeroso muchachillo para su bajada por las escaleras entre duros culetazos, otros cuantos, para que el castigo fuera mayor, empujaban con saña de sus hombros hacia abajo.

La ceremonia de la novatada se rodeaba de un escenario de muchos estudiantes curiosos, todos ellos de los cursos superiores --porque los pipiolillos salían huyendo, temerosamente y como alma que lleva el diablo, corriendo a todo meter y tratando de refugiarse en el aula correspondiente a primero de bachiller, su refugio natural-- y que iban coreando a voz en grito, algunos de forma hasta desalmada, otros con aire de diversión, y todos entre risotadas, acorde con el número de culetazos que se deslizaban en la contabilidad de los baticulos:

--  ¡Uno…! ¡Dos…! ¡Tres…! ¡Cuatro…! ¡Cinco…! ¡Seis…! ¡Siete…!

Cuando el pipiolo ya había recibido el bautizo de su “novatada”, lo que decidía el grupo de expertos bachilleres en cualquier momento, pero nunca con menos de catorce o quince escalones, salía tan escaldado como dolorido de aquella triste y contumaz experiencia, y muchos, claro está, lo hacían inclusive llorando (algunos hasta a moco tendido, como se suele decir), de forma asustadiza, y con el temor de que se repitieran los baticulos. Una palabra, por cierto, que deriva del verbo batir y del sufijo “culo”, que emana del latín “culum”.

Una tradición y todo un ritual para con los bachilleres novicios existente a lo largo de numerosas generaciones en el Instituto cacereño.

Pero ya rezaba el consejo de los mayores, esto es, de los padres de los alumnos pipiolos, que lo mejor, en ocasiones como las de la “novatada”, consistía en tratar de aguantar sin aspavientos ni enfados, como forma de intentar acortar al máximo los golpes y como fórmula, por otra parte “inexcusable”, a la hora del ingreso en el Instituto Nacional de Enseñanza Media “El Brocense”, que, siempre gozó y dispuso de notables enseñantes que figuran en el recorrido del Isti, tal como solíamos denominar coloquialmente al centro bachiller.

El origen del baticulo se pierde en la noche de los tiempos… Y de los que muchos, a estas alturas del camino recorrido, a caballo de la memoria, guardamos aquel recuerdo, ahora, tantos años después, entre añoranzas y sabias y profundas lecciones de profesores de la talla, pedagógica, humana y formativa de Martín Duque Fuentes, Latín, de Casimiro García García, Religión, de Daniel Serrano García, Matemáticas, de Juan Delgado Valhondo, Física y Química, de Eugenio Matas García, Latín, de Eliseo Ortega Rodrigo, Filosofía, de María Antonia Fuertes Rodríguez, Matemáticas, de Pablo Naranjo Porras, Historia, de Elena Málaga, Francés, de Fernando Marcos Calleja, Gramática, de Rodrigo Dávila Martín, Matemáticas, de Emilio Macías, Dibujo, de Abilio Rodríguez Rosillo, Ciencias Naturales, de Raimundo Rodríguez Rebollo, Física y Química, de Aúrea García, Francés, de Víctor Gerardo García Camino, Literatura, y de otros muchos tratando de hacer, cada día, más y mejor Cáceres en la aplicación derivada de las enseñanzas, las explicaciones, lecciones, inquietudes y enseñanzas de sus alumnos y que tanto les debemos, incluso, y sobre todo, hasta cuando nos suspendían en una asignatura y nos obligaban a repetir el examen en septiembre, o, tal vez, dejarla colgada o pendiente para el siguiente curso…

NOTA: La fotografía se corresponde con el claustro del curso escolar 1957/58.

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