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JOSE CANAL, UN LUJO PARA CACERES

16 noviembre 2016

Un día el poeta extremeño J. Delgado Valhondo escribió: José Canal era un lujo para Cáceres. Hoy, tantos años después, el articulista quiere ratificarlo públicamente.


José Canal Rosado (Arroyo de la Luz, 1913, Cáceres, 1979), fue, de siempre, un señalado exponente de la poesía, de las letras, de la tertulia y de la cultura del Cáceres de Aquellos Tiempos.

Un terreno, entonces, en el que la ciudad estaba necesitada de la sensibilidad y entrega de personas con el talante y la sensibilidad social y cultural de José Canal, que supo comprometerse al máximo.

Maestro Nacional en el Colegio Nacional de Prácticas, lo que fue la Escuela Normal, donde compartió bancada claustral con pedagogos como Isaías Lucero o Juan Arias Corrales, era un joven comprometido con el panorama poético, y, que desde muy pronto, comenzó a rellenar cuartillas con versos, con poemas, con  pensamientos. Luego, hasta donde me contara un día, los corregía, tachaba palabras y versos por allá y acullá. Los almacenaba en el arcón de sus creaciones.

Y poco a poco, por extensión, se fue incrustando en la dinámica del panorama cultural en todas sus manifestaciones. Lo que hacía, a caballo de largas charlas, con Tomás Martín Gil, Fernando Bravo y Jesús Delgado Valhondocon los que se daba sus buenos paseos entre Cánovas y la carretera de Mérida, hasta que alumbraron, en 1945 la revista “Alcántara”. Todo un reto cuando José Canal Rosado contaba 32 años.

Una revista  a la que muy pronto se irían incorporando personalidades en el panorama de la investigación histórica, de la creación literaria, de la crónica del acontecer cultural, como las de Miguel Muñoz de San Pedro, Valeriano Gutiérrez Macías, Pedro Romero Mendoza, Carlos Callejo Serrano

Una revista que vio en su alumbramiento la primera entrega de esa curiosa creación literaria de José Canal, denominada “Llamas de Capuchina”. Una reflexión, de apenas unas cuantas palabras, de corte poético y filosofal, en base a su propia esencia sobre el panorama de la vida. Y una expresión, la de cada “Llama de Capuchina” no exenta de una visión sagaz, de humor, de perspectiva, de análisis, como las “Greguerías” que creara el maestro Ramón Gómez de la Serna

La primera “Llama de capuchina”, aparecida en el primer número de la revista “Alcántara”, 15 de octubre de 1945 dice: “Llevaban a remolque aquel cochecito. Era como si lo hicieran ir a la escuela contra su voluntad”. Y que el lector piense la hondura del poeta. Y le siguieron, en el mismo texto, otras: “Aquellos renglones de alambre estaban escritos de golondrina”. O “El cielo es como esas mujeres que visten sus mejores galas de noche”.  O “La tristeza es la cobardía del espíritu”.

Una entrega que le mereció el aplauso de los lectores, que, paulatinamente, habrían de irse enganchando con el reto del poeta en el juego, en la reflexión y acaso en la conclusión de las “Llamas de capuchina”, que comenzaba a expandir por los surcos de la publicación un talento de sueño y andar humanista. Don José Canal fue, ante todo, un humanista que se ensimismaba en la esencia de aquellas callejuelas y plazoletas por las que recorrió su vida. Y, además, buena gente, agradable conversador, de cuidados modales. Se diría, pues, que practica la esencia de un tipo de rasgos muy definidos en la propia dinámica de la formación. La misma que trató de inculcar a las numerosas generaciones que le acompañaron, en la enseñanza de su pedagogía en el ejercicio del Magisterio.

Su figura de paseante por la ciudad, de mirada cordial, de saludo fácil y amable, de persona cercana, de andares entre humilde y reflexivo, se acompañaba y se acompasaba con una colección de pajaritas que rivalizaban con las de su colega y amigo Fernando Bravo y Bravo

Enseñaba Matemáticas, escribía poesía en aquella atalaya de privilegio que siempre desprende ocupar un piso en la Plaza Mayor y se incrustaba por el peldaño de la evolución de la ciudad en aquellos difíciles tiempos. Pero a fe que a él, lo digo por experiencia propia de la amistad familiar, no solo no le asustaba, sino que le enriquecía la idea de divulgar la fenomenología de la cultura. 

Mientras caminaba, siempre seguro de sus pasos por los surcos de las convocatorias culturales, conferencias, conciertos, libros, periódicos, investigaciones, más allá de las siempre inveteradas clases, avanzaba con sus “Llamas de Capuchina”, con sus Poemas, con sus Cuentos.  Y con su ensoñación con Cáceres. Acaso el mayor reto.

Y, mes a mes, las “Llamas de Capuchina” tenían su cita en “Alcántara”: Alguien ha dicho que es prueba de mal gusto engalanarse los domingos, así mi calendario no es un elegante”, “El crisol semeja ese hombre temible que arrebata corazones y no se enamora nunca”, “El mapamundi es el retrato en grupo de la familia geográfica”, “Los celos son siempre un reconocimiento de inferioridad en el que los siente”, “La nube mata al sol y luego llora su delito”, “El TBO es un periódico que compraban los papás para leer luego que sus hijos habían visto los muñecos”, “Cuando pasa el tren de la noche es como si cruza el fantasma de la ciudad”, “Se advertía que estaban casados porque no se cogían del brazo”…

Causaba delicia, como admiración, sorpresa como aplauso. Y hasta generaba esa expectación de los pasos de la siguiente entrega. Y pronto, también, fue expandiendo su colaboración en los periódicos “Hoy” y “Extremadura” como altavoces de la prensa en la actualidad local y provincial.

Y con esa imagen de luchador cultural ya veía publicado su primer libro, “Viento amarrado” en el recorrido de 1954, donde despejaba el camino de su sensibilidad, casi arando cada día, con la mirada en el deambular de los cielos y su mente límpida, un puñado de poemas que volaban por las campas de su propia creatividad.

 

En 1956 se alza con el Premio Nacional de Poesía “Gabriel y Galán”, prosiguiendo, pues, con su cosecha de versos. Ahí está, por ejemplo, “Tocado de la gracia”:

Las jaras, los tomillos,

el pan, el fuego, el sol, la sementera,

el aprisco, las redes,

el lagarto, la flor, la mies, la siega,

la cabra, la amapola,

el zagal rondador, la moza nueva,

la alondra y el rocío,

el campo, el lar… Y Dios en tu cosecha

colmaron los graneros de oros rubios

para el no solo pan con que alimenta

la humanidad más hambre. 

 

De la tierra

te nació la poesía entre las manos

con prisas volanderas

y rozó con el ala por el surco

y jugó, con el viento, en las veletas,

y alborotó en el pecho

el amor de las mozas extremeñas

y rebosó de lágrimas

los ojos de las viejas. 

 

Cantaste para el pueblo

y el pueblo se gozó de flores nuevas,

tuviste de poesía,

como el Buen Sembrador, la mano abierta

y con la frente al aire

la voz clara y serena

y la Gracia de Dios en la mirada

diste a todos la paz de los poetas. 

Don José Canal logró convertirse, desde su sencillez, cordialidad y sentido intelectual en un personaje por los paseos cacereños. Lo que fue larvando paso a paso, día a día, poesía a poesía, silencio a silencio y tertulia a tertulia, cuando se reunía con tantos compañeros y analizaban, por ejemplo, el camino de la sociedad cacereña, como una atalaya para dejar reposar el cauce de su hondura cultural.

Mi querido amigo Manuel Vaz Acedo, que lamentablemente nos dejó hace unos meses, decía de don José Canal que “era un personaje singular que caminaba por las calles y plazas de aquel Cáceres levítico”.

Y, al tiempo, seguía desarrollando su trayectoria cultural mientras alumbraba un cielo inmenso de poemas. Más tarde, ya en 1964, aparecía un nuevo libro. De título “El mar cercano”.

El año siguiente obtuvo un premio de esos que, además de darle prestigio, le llegó, tal cual se lo contó a mi padre, a lo más hondo del alma. Por su simbología y significado. Se trataba de la Flor Natural del Romance en Cáceres.

Bordaba ya la poesía en todas sus manifestaciones, le iluminaba un fértil numen, caminaba, ya, con la satisfacción personal, pero no completa. Esto es, quería seguir produciendo, avanzando, experimentando lo que denominaba ese amplio e inacabable mundo de la poesía en cuyas veredas y senderos tanto se cuajó a base de horas con el pensamiento envuelto en versos, en inspiración, en forma de divulgar sus poemas, en limpieza y calidez de palabra, en sencillez… Pero, al tiempo, en hondura.  

Años más tarde, en 1970, en plena madurez, siempre creativa, renovada y renovadora siempre, lo que dice mucho y bien de la andadura y de la seguridad y consistencia del poeta cacereño, saca a la luz “Ciento Volando”. Un libro de hondura, de recorridos de pasión viva y cálida, pero serena y reflexiva, honda y penetrante, de la poesía, del verso y del verbo. 

En un tercer tiempo de “Llamas de Capuchina”, pensamientos, reflexiones, sugerencias, ironías, sensibilidades del autor citemos unas cuantas más: “Cuando nos echamos la chaqueta al hombro, siempre la colgamos de la percha del dedo corazón”, “Cuando encendemos la lámpara de la mesita de noche, nos salpica la luz en los ojos”, “Hizo tanto viento que al pino se le cayeron casi todas las horquillas del pelo”, “En el reloj el tiempo no pasa nunca, solamente se repite”, “Las violetas son un producto de las impaciencias primaverales”, “La adulación es una droga que también hace hábito difícil de curar

Don José Canal, que alguna vez me echó una buena y caritativa mano en las Matemáticas, era, ante todo, muy buena gente. Reflexivo, cordial, recto, perseverante. Lo que aplicaba como una conducta de vida.

Un día sin embargo, de aquel otoño de 1979 nos dejó huérfanos de su palabra amiga, de su verbo fluido, de su adiós cariñoso, de su saludo amable, de su poesía fértil, de su cacereñismo social, sociable, comprometido, casi como un abanderado de la causa cultural. Pero antes había escrito su última entrega de “Llamas de Capuchina”. La última de todas se conformaba de la siguiente reflexión: “La campana vocea y muestra sin rubor, bajo el vuelo de su enagua, el aquello de su cojera”. 

Cáceres lloró a su poeta. Y Carlos Callejo, una personalidad de la antología de ese mismo paisaje y escenario cultural, que tanto compartiera con don José Canal, le despide escribiendo: “Se apagó la última Llama de Capuchina de un preclaro ingenio. Creemos que en su sustitución se habrá encendido una, viva e imperecedera, allí en lo Alto…”. 

Fernando Bravo y Bravo, amigo de cientos de paseos, de cientos de conversaciones cultas y distendidas, de cientos de preocupaciones e inquietudes, le dedica un “Requiemde Urgencia”, en el que le denomina: “Develador de sus dudas, superador de sus caídas, luchador de sus ideales, encubridor de sus dolores, conformador de su familia, enseñador de sus discípulos, creador de sus poesías, resplandor de su Extremadura y vencedor de su muerte”. 

Asimismo deja constancia de su gran corazón, (añado: lo que sabía el todo Cáceres de Aquellos Tiempos), de clara y fina inteligencia, maestro de imborrable recuerdo, poeta de exquisita sensibilidad.

Jesús Delgado Valhondo, buen amigo del autor de estas líneas, pura poesía en su vida adobada de una bonhomía y humor entrañable, le dice en su artículo: “Pepe Canal, amigo mío”: “Pepe Canal era un lujo para Cáceres. Ciudad a la que amó y cantó. A la que dio le mejor que tenía; su sensibilidad creadora y su sabiduría”. 

Atrás quedan poesías de todo tipo y condición, como una inspiración eterna, en cuyos alambres exponía al tiempo de la eternidad sus reflexiones. Porque José Canal era un poeta de la filosofía, un filósofo de la ciencia social y humana, un humanista vital, un vitalista cercano a las aspas del molino que giran y giran incansables por las rutas de la creación poética

Al tiempo del estudio de la figura de don José Canal me llega a la memoria una curiosa anécdota donde se hilvana la ironía del poeta. El mismo apareció en una tertulia en la que se encontraba mi padre, Valeriano Gutiérrez Macías. Tras la parrafada don José Canal se despidió de los contertulios justificando en que tenía que leer unos cuantos libros de modo urgente para la correspondiente crítica en “Alcántara”. Mi padre le dijo entonces: “Eres un lector impenitente, amigo!”. Y don José espetó con una fina sonrisa: “Y en ocasiones, con algún que otro ejemplar, hasta penitente”.  

Don José Canal Rosado presta su nombre, asimismo, al callejero cacereño. Logrado a pulso con su trabajo personal y esmerado, de una sencillez muy labrada en aquellos silencios del despacho que le inspiraban por la atalaya de la Plaza Mayor de Cáceres. 

NOTA; En la fotografía se ve a don José Canal, en primer plano, luciendo siempre la pajarita, en un encuentro cultural de Cáceres.

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