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EL PASEO DE CURSILANDIA

24 julio 2015

A finales de los años sesenta el espacio de la Avenida de España comprendido entre la Avenida de la Montaña y la calle Antonio Silva...

A finales de los años sesenta el espacio de la Avenida de España comprendido entre la Avenida de la Montaña y la calle Antonio Silva, por la acera de los números impares, la del Coliseum, vaya, se puso de moda, a eso del atardecer de cada día, preferentemente durante el buen tiempo, bajo el nombre de Cursilandia. Una palabra o, mejor dicho, una definición, que quedó grabada para la historia de las curiosidades de la ciudad. 

En Cursilandia, claro es, como se deduce por el propio nombre de características y tipología popular, se daba cita una parte de la juventud de lo más granado y socialmente acomodado de aquella época cacereña en un continuo desfile de moda que lucían con esmero y distinción, otros apuntan que con elegancia, y otros que hasta con un airecillo de pavoneo y presunción, los jóvenes y las chicas como asiduos paseantes en la zona y que la frecuentaban con la distinción que requería la denominación de la misma en todas sus vertientes: El último grito o lo más novedoso que marcaban las tendencias de la vestimenta, pantalones, zapatos, polos, blusas, faldas, vestidos, camisas, o de los tipos de peinados.

Una realidad que figura en el panorama social, ciudadano e histórico de Cáceres como un distintivo de una época determinada y como consecuencia de unas circunstancias que, en realidad, nadie sabe cómo nacen, pero que se ponen de moda de la noche a la mañana, reciben un nombre común, como es el caso del correspondiente al Paseo de Cursilandia y que continúan en la corriente de la normalidad coloquial y popular hasta desembocar en su propia extinción.

Un lugar de paseo, de entretenimiento, de distracción, de charlas, de recreos, de murmullos, de comentarios, Cursilandia arriba, Cursilandia abajo, si bien otros apostaban por apostarse y apoyarse contra los muros del Chalet de los Málaga y del Asilo de las Hermanitas de los Pobres, como un modismo social selecto y de antología, como un observatorio de relieveante el pasado continuado de jóvenes. Acaso como una atalaya muy sui generis que marcaba una división fronteriza entre el Paseo de enfrente, esto es, el de lo que constituye en sí el Parque de Cánovas, donde se daba cita otra tipología social cacereña. Y, también, a esas horas del atardecer, paseante en Cáceres. 

En este sentido es de señalar que el periodista J. R. Alonso de la Torre escribía lo siguiente en un artículo titulado Los hijos de Cursilandia, publicado en el diario Extremadura en 2002: "Si en los años 70 una madrileña se juntaba con su novio en un bar de Serrano, se entendía que aquella cita era un encuentro entre pijos. Sucedía algo parecido en todas las capitales de provincia, menos en una llamada Cáceres, donde no se quedaba en una plaza, si no que directamente se decía: "¡A las ocho en Cursi!".

Un paseo, claro es, que impactó, de una forma amplia y significativa dentro de la cronología de la ciudad, y, también, en la dinámica de la sociedad cacereña y que hasta merece una señalada cita por parte de la historiadora Rosa Pérez, que en su libro "Etnografía del Paseo de Cánovas: Corazón de la sociedad de Cáceres" subraya que "El paseo entre las calles Antonio Silva y Virgen de la Montaña era conocido como Cursilandia, porque en él paseaban los llamados pijos que, según el diccionario de María Moliner, son las personas que en su vestuario modales, lenguaje, etc, manifiestan gustos de una clase social acomodada".

Es de señalar que en otras capitales de provincia ese encuentro de la juventud más distinguida, socialmente hablando, se llamaba, en la época, Tontódromo.

Cuestiones propias, probablemente, de fenómenos sin mayores relieves que aquellas que arrancan en los considerandos de una ciudad muy familiar, en la que casi todo el mundo se conoce. 

No obstante es de dejar constancia de que la zona o paseo de Cursilandia, de Cáceres, figura por derecho propio, y como una cuestión de la propia realidad de la época, en el tratado de la sociología urbana de la ciudad de aquellos años.

OPINIÓN DE NUESTROS LECTORES

Juan de la Cruz 18:24 07 agosto 2015

Gracias, Rosalía, por tu comentario. Un saludo cordial

Rosalia 10:28 03 agosto 2015

Muy buen artículo, expresa fielmente lo que significaba la cursilandia para la juventud de esa época entre la que yo, me encontraba. Me ha recordar anécdotas de ese tiempo, cuando las Chicas decíamos "vamos a cursilandia a hecha un vistazo" queríamos decir "vamos a ver al chico que nos gusta". Gracias Juan, por escribir sobre Caceres.

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