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NOCHE DE SOLEDAD EN MI CALLE MARGALLO, TAMBIEN MOROS

06 julio 2015

¡Cómo han cambiado los paisajes físicos y los paisajes humanos del paisanaje de la calle Margallo...!

valeriano gutiérrez macíasSiempre, en la radiografía existencial de la vida, Cáceres. Como un inmenso rayo de luz, como un arco iris de mil colores y danzas de fuego, como un horizonte interminable de hondura penetrante en el alma.

He cabalgado a lomos de la noche. Pero en silencio. Sintiendo, solo, el murmullo de la noche, los pasos de la reflexión, la honda y eterna llamada de Cáceres. Acaso para la confesión conmigo mismo, entre borracheras de soledad, el dulce sabor del cacereñeo, la paz del alma, las evocaciones del prisma de la vida.

Y me he lanzado, en tropel, desde la calle General Margallo, 96, donde me nacieron, donde pasé la magia de la infancia, las contradicciones de la niñez, las incomprensiones de la adolescencia, hasta los confines de la vida.

Justo en el límite donde desembocan los ríos espirituales del camino y, al tiempo, de mis propios pasos. Quizás, perdidos. Me dejé fluir, como cuentan los soñadores, los románticos, los nostálgicos. Pero quería más. Y hasta me dejé llevar de la mano, como cuando se la daba a mi madre, que trataba de encarrilarme junto a mi padre por los vericuetos educacionales para formar al hombrecito del mañana que se solía hacer el rebelde aunque, al final, acababa siguiendo los pasos paternos.

Aquella calle General Margallo, conocida en su día como calle Moros, que contemplaba dicha denominación desde el Medievo y que debe este último nombre a que, en la misma, vivían los moros que se expulsaban desde la Villa, amurallada cuando estaba en manos de los cristianos. Y allí se instalaron los moriscos deportados de Andalucía por Felipe II.

A finales del siglo XIX la muerte del general Juan García Margallo, natural de la localidad cacereña de Montánchez, General de Brigada y Comandante General de la Plaza de Melilla, en la Guerra de Melilla, 1893-1894, que en el transcurso de uno de los combates fue abatido de tres balazos, hizo que se procediera al cambio de denominación, a petición, al parecer de los estudiantes del Instituto de Segunda Enseñanza de Cáceres.

En este sentido el periodista Fernando García Morales señala que confundiendo a esos moros medievales con los marroquíes, hicieron una manifestación para cambiar el nombre de la calle.

Una calle que, según el historiador Fernando Jiménez Berrocal, con el cambio de denominación, perdió gran parte de su historia al dejar atrás la toponimia, que siempre es un rasgo importante para los lugares. Una denominación, creemos, de gran calado social e intelectual.

Asimismo es de señalar que el General Juan García Margallo era bisabuelo del actual Ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo, como en su día le comentara personalmente el mismo, cuando era diputado de UCD, al periodista que se iniciaba, entonces, como joven cronista parlamentario de TVE.

Doblaban las campanas en el repiqueteo de la ciudad que se expandían por doquier. Y desde la calle Margallo, también Moros, emprendí un tránsito, tras soltar una lagrimilla ante los balcones por los que trepé en numerosas ocasiones, siempre llenos de flores. Una de las pasiones de mi madre. Flores en los balcones, en el pasillo, en la terraza, en el patio.

Habían cambiado, y de qué modo y manera, los paisajes físicos, los paisajes urbanos, los paisajes humanos del paisanaje. Y me chocó que ya no estaban por aquellos lares mis compañeros del Perejil o Pérez Gil, ni la escuela de don Juan Checa Campos, un gran maestro y pedagogo, que nos enseñaba hasta las reglas de urbanidad, nos metía en la mollera la geografía cantando a ritmo de sonsonete y de matraca las provincias de las regiones de España y la geometría con dibujos que elaboraba en noches de trabajo en su casa y con esmero docente ayudado por sus hijas, Geles, María Jesús y Pilar, aprovechando el reverso de los mapas de geografía. Como tampoco estaban la muchachada de la pandilla del barrio y de las excursiones, clandestinas, al Paseo Alto, a la Charca Musia, acaso para echarnos el primer cigarrillo de anís, ni las miradas enamoradizas de los primeros años a las guapas chiquillas de la calle de siempre.

postal bailes regionales en cácresMe extrañé de mi calle de siempre porque apenas si la conocía. Al contrario, la desconocía. Me pudo la lluvia, la tormenta y el vendaval de los recuerdos ante una calle que ya, con el transcurso del tiempo, me había dicho adiós y despedido con pañuelos sin que yo me enterara porque aquello, entonces, no iba conmigo.

Enmudecí ante la lluvia de los pasajes y los parajes de la vida con sabor a gratitud al Cáceres de mi alma, el que serpentea por mis venas. Y fui caminando sin que me encontrara con el señor Pepe Luengo y sus vacas, con la zapatería del padre de mi amigo Emilio, que levantó con hartos sudores sobre una carbonería, entre suelas remendonas, poniendo punteras en los zapatos y vendiendo cordones, cremas y cepillos para sacar la familia adelante, con los dulces y bellísimos acordes musicales del maestro Berzosa, una eminencia musical, Juanito, me decía mi padre, y que se transparentaban artísticamente, desde la radiografía de la ventana, cuando ya había dirigido la grabación de un LP con canciones folklóricas de los Coros y Danzas, con el dibujo de una montehermoseña en la portada, y se esmeraba en bellas composiciones, el señor Avelino en su sastrería, Muriel, árbitro de baloncesto, que me perdonaba compasivamente algunas faltas personales en mis escasas incursiones por el deporte de la canasta, las charlas de mi padre con el sacerdote y vecino don Juan Manuel Cuadrado Ceballos, párroco de la iglesia de Santiago, que quiso enfocar mis pasos hacia el Seminario, aunque en vano. Ni tampoco estaba, ya, porque se había evaporado como la espuma, el despacho de habilitado en Clases Pasivas del señor Guillén...

Atrás, en la historia existencial de la niñez, la que se nos fue despidiendo, ya no se veía, tan siquiera, la habitación en la que me daba clases particulares el sacerdote don José Luis Rubio Pulido, organista de la Concatedral, director del Coro, compositor y amigo de una gran parte de la juventud cacereña, que trataba de meternos las canciones populares, típicas y hasta de la moda en la mollera, como aquella que rezaba:

Con el Guri, guri, guri,

que lleva la boticaria,

parece que va diciendo,

del Junquillo sale al agua.

Del Junquillo sale el agua,

de Medina sale el sol,

de Villarcarlos los rayos,

alégrate corazón.

Alégrate corazón,

aunque sea por la tarde,

corazón que no se alegra,

nunca cría buena sangre.

Ni tampoco estaba el paisaje humano, de gran relieve cultural, de don Santos Nicolás Rodríguez, maestro y poeta, de voz entre agrietada y ronca en Guijo de Granadilla, uno de los máximos estudiosos en aquel entonces de la inmensidad de la obra de Gabriel y Galán, el vozarrón de los aprendizajes memorísticos de Antonio Rubio Rojas, que estudiaba Historia, por libre, como se decía entonces en la Universidad de Sevilla, y viajaba en un coche, quizás un Biscuter, en el que nadie se explicaba cómo cabía de pequeño que era su auto y alto de estatura del mismo, gran aficionado a los toros y posteriormente Cronista Oficial de Cáceres, mientras su padre despachaba objetos variados en su tienda de la calle General Ezponda, justo al lado de los agradables aromas de la pastelería Cabeig y el bar Amador.

Se había despedido de mi vista el Cuartel de los Carabineros, a cuya puerta nació el primer bar de la calle, quizás fuera el de la señora Teresa, donde se despachaban chatos de vino, cervezas, gaseosas, refrescos de naranja y limón y alguna copa de sol y sombra o carajillo para los albañiles del regreso de sus tareas entre andamios, y a quien la chiquillería pedíamos las chapas, como tampoco estaban los Almeida, unos bichos y unos águilas, los Romero Figueroa, cuyo padre, capitán, se quedó ciego durante la Guerra Civil, los Gamba, cuatro hermanos de una estatura que encajaría hoy en la NBA, el Cuartel de la Guardia Civil en cuyo pasillo de acceso a las dependencias se podía leer en un arco que destacaba a la vista desde el exterior la máxima "El honor es la divisa del Cuerpo", con el teniente coronel Moreno Antequera al frente, y cuyo hijo, José María, alcanzó el grado de coronel de la Guardia Civil, ni se hallaba don Primitivo Sarnago, que había ejercido de comandante de la Legión.

Tampoco aparecían por aquellos pagos Rosendo Caso, que era un destacado miembro de Acción Católica, Pedro Agúndez, carpintero del Ayuntamiento, siempre trabajando como un descosido con la sierra, la escuadra, el berbiquí, el formón de madera o la gubia, Hipólito del Aguila, que abrió en la Ronda con hartas cuentas e inquietudes económicas una de las primeras salchicherias de Cáceres, Pepi Suárez, investigadora folklórica y directora poco después, de los Coros y Danzas de la Sección Femenina, al ritmo del Redoble, la Jota de Guadalupe, el Perantón, La Jerteña, La Jota Cuadrada, de Monroy, Los Pajarillos, Los Sones de Montehermoso, la Jota de Akcuéscar o del Candil, La Carta...

Había desaparecido, porque la vida es así de cruel, el ultramarinos de Cascos, cuyo hijo, junto a Luis Guillén Zancas, Perche, Manuel Arroyo, Lete, y hasta Angel Ayúcar, cinco margallianos, llegaron a jugar en el San Fernando de Baloncesto. Ahí es nada. Ni estaba Saturnino Durán, practicante, que tuvo una de las primeras Vespas de Cáceres, ni Angelita Mozo, su mujer, que procedían de Holguera y de Pescueza, ni Juanita Franco. Ni la familia Roncero, ni los Rubio Luengo, ni aparecían Julito y Mary Tere y a quienes en plena infancia la muerte se llevó a su padre, el señor Pedro, moreno de verde luna, porque en una tormenta en el campo se refugió bajo un árbol y un rayó se lo llevó. Con estos últimos, a la sazón, vivía don Juan Manuel Cuadrado Ceballos, hermano de su madre, Florita, desconsolada desde la viudez.

Ni siquiera estaban las guapísimas chiquillas de la calle. Mary Luz, la hija de un carpintero, Mary Nati Sarnago, Mamen Guillén, Guadalupe y Ana Mari que vivían en el mismo edificio, Mari Pili, vecina de Margallo 96, May Angeles Moreno, y ... Y que me perdonen tantas y tantas.

Tampoco aparecía la señora Jacoba, que habitaba con su hija un poco más abajo del Cuartel de la Benemérita, con una modestísima pensión, con las ayudas alimenticias de la parroquia, que le venían la mar de bien, y estirando las pesetas como los chicles. Ni estaba por el paraje de la calle Margallo, Filomeno, compañero de instituto, que llegó desde Las Hurdes, con una maleta de cartón y de ganas de prosperidad, aún a pesar de su timidez y vocación de estudios, mientras su padre se afanaba en las severas tareas agrícola-ganaderas en un prado alquilado en Cáceres, porque hay que luchar por los hijos.

Ni estaba la Panadería La Madrileña, donde se elaboraba de modo artesanal, como podía ser de otra manera, probablemente el mejor pan de Cáceres, y que se repartía a domicilio, ni se veía aquella casa en la que se estraperlaba con el tabaco y el café, porque de algo había que vivir, y, encima, se encontraba a dos pasos mal contados de la Guardia Civil. Ni tampoco estaba en aquel paraje social, cambiante como la vida misma, la vendedora de las ricas patatas americanas, esposa de un distribuidor del periódico Extremadura, ni Guillermo Rey, hermano del Pato, que regentaba el bar La Cueva de Pernales y que quería imponer las meriendas de bocadillo de anchoas y cubalibres, ni el médico otorrinolaringólogo y de la Legión Luis María Gil, ni ese hombretón extraordinario, alto, de gran humanidad, buena voz, muy trabajador y grandes principios que fue Polito, Cayetano Polo, y que desde las ondas de Radio Cáceres entregó su vida durante veinticuatro horas diarias por un Cáceres mejor y a quien quería y admiraba toda la ciudad.

Ni tampoco había tinaos. Ni tan siquiera estaba el encuadernador que vivía casi en El Arandel, ni aquel marino mercante con que contaba la calle en sus tiempos de permiso en sus recorridos naúticos y que vivía al lado de la casa de Antonio Rubio Rojas. Tampoco estaban mis primos, los Ciborro, una institución. Valeriano, Jerónimo, Concepción, Luis y Pedro. Ni tan siquiera aparecían en el callejero de Margallo la carpintería Porras, que decían que era un primor, ni la sastrería Hinojal en la esquina en ángulo recto hacia San Justo, ni don Edmundo Cordero, ni la familia Fajardo, con Antonita, la comadrona, madre de Juan Antonio, y que vió nacer a medio Cáceres, ni la figura de una siempre culta y caritativa de doña Valentina que matrimonió con el señor Leandro, un criado y ayudante de su padre. Ni tampoco se escuchaba el tecleo impenitente, incansable incombustible de Jesús Alviz, prestigioso novelista y escritor.

Ni se podía contemplar la imagen, siempre amable, de don Víctor Gerardo García del Camino, catedrático de Historia de la Literatura Española, ni de don José Luis de Dios, militar y matemático, ni la estampa de don José Reviriego, que ejercía el magisterio pastoral como sacerdote en la entonces ermita de San Blas.

Ya no estaba tampoco Valeriano Gutiérrez Macías, escritor investigador, historiador, que se dejó el alma por Cáceres, coronel del Ejército, Primer Teniente de Alcalde y Vicepresidente de la Diputación Provincial. Ni Dorita, mi madre del alma, su esposa querida, a la que dedicó una de sus publicaciones del siguiente tenor: "A Dorita, alma soñadora y poética, con mi amor de esposo".

NI se veían el taxi de Saavedra, ni los uniformes del teniente coronel Manuel Rodríguez Montero, que llegó a ser Coronel-Jefe del Centro de Instrucción de Reclutas número 3, ni tampoco se contemplaban por parte algunas los tebeos, los cómics y las aventuras de aquel avispado muchacho que se apellidaba Gundín y que se ganaba algunas monedas los domingos por la mañana, allá en el añorado Jardín Central de la Plaza Mayor, alquilando los últimos números de nuestros héroes de entonces. El Capitán Trueno, El Guerrero del Antifaz, El Cachorro, El Jabato, el Cosaco Verde, Roberto Alcázar y Pedrín...

La calle Margallo o Moros, más larga que un día sin pan, se estiraba desperezadamente hasta El Arandel, que convergía con el término de la entonces calle José Antonio, a la altura del Perejil, donde había un puesto de chucherías de la tía María y del tío Enrique, con largas noches de soledad, de pena y carburo para vender un puñado de altramuces o unas bolsas de pipa, y hasta un quiosco de un metro cuadrado escaso, de cambio de novelas, con preferencia por las del Oeste Americano, escritas fundamentalmente por Marcial Lafuente Estefanía, y de amor, debidas a la pluma magistral de Corín Tellado, regido por un señor con gafas de muy grueso calibre y que vivía en la calle Margallo.

Aquella calle Margallo contaba, además, con dos colegios de envergadura y por donde pasaron, estudiaron, se divirtieron, lloraron y rieron diversas generaciones de escolares.

Se trataba del San Antonio de Padua, donde los frailes franciscanos llevaron a cabo una gran labor, y que se convirtió en una institución en el baloncesto cacereño, provincial, gracias a la labor del Padre Barrios, y en cuya cancha llegaron a jugar los Harlem Globers Trotters, americanos, en los años sesenta, en una especie de deporte, magia malabar y circo, y el Paiduterion femenino, fundado por don Aurelio Luna Soto.

Dos centros educativos que tanta vida aportaron a la calle y a la ciudad con una gran cantidad de muchachos y de muchachas que llenaban la calle Margallo de paseos infantiles, adolescentes, juveniles. Y, al tiempo, de un muy especial murmullo de chácharas, de pegar la hebra, de echarse una parrafada, de darle a la húmeda, de canciones, de bromas, de amistades, de aromas, de lecciones, de aprobados y suspensos, de apuntes, de lecciones, de deberes, y, por qué no, de coqueteos.

También estaban por aquellos pagos, como se suele decir, el ultramarinos del señor Agustín donde se vendía aceite a granel, carillas, patatas, chocolate con monedas en su interior, judías que a veces se enriquecían con otros acompañantes vivientes, y unas latas con agujas riquísimas y que conformaban muchos de los bocatas de las meriendas junto a las patateras y hasta pan con cebollas.

Tampoco estaban, ay, aquellas pensiones que albergaban a bachilleres de pueblos de la provincia, como la que existía enfrente de la Panadería La Madrileña, y donde en una habitación hacía su vida Monchi, compañero de estudios, hijo del médico de Zarza la Mayor. Ni tampoco aparecía la pensión Claver.

Y arriba, en la cuesta, el Cine Capitol, donde un día me impregné de la hermosura de Raquel Welch, sex symbol del momento, mientras mis rodillas casi se juntaban con las de mi guapa acompañante y los codos se aproximaban como si fuera una aventura pletórica de entregas pasionales.

Se me mezclaba el llanto interior del alma, el de la incomprensión por el paso del tiempo, queriéndome abrazar a las pelis en el cine del Palacio del Obispo, aunque el proyeccionista pusiera la mano en determinadas escenas por orden expresa, cuentan las crónicas dedon Manuel Llopis Iborra, que para eso era el prelado y las sesiones infantiles, a los partidos de baloncesto en la cancha de los Talleres Municipales, en el dibujo de los atractivos de las chiquillas que me gustaban, a los inveterados paseos entre el eje conformado por la Plaza de San Juan y el esquinazo de los soportales de abajo, en la Plaza Mayor, en el esquinazo de la pastelería Isa, de ricas bambas y merengues, a los encuentros donde los futbolines de Peluca, los cafés de domingo futbolístico en el Bar Béjar a la espera del partido del Club Deportivo Cacereño con aquella incombustible defensa de Tate, Valero y Mandés, las escapadas vespertinas dominicales a los siempre románticos y esperados guateques, las huidas a la Biblioteca, bajo las órdenes de doña Isabel Luna,siempre un primor, incluso las anunciadas salidas a misa, aunque no asistiéramos a las mismas, porque el caso era huir de casa y pasar el menor tiempo posible en ella

Más allá una ristra de juegos, las chapas con los cromos de nuestros ídolos de Primera División, la taba, hilo negro, veo veo, los bolindres, las clases del Brocense, el Insti de siempre, el sueño de la disconformidad, de la contestación, de las interrogantes.

Mi calle Margallo se había retorcido en su propio escenario, casi como diseñada por otros artistas del urbanismo ciudadano. Ya no caminaban los jumentos ni los pencos ni las mulas de los meloneros, de los piconeros, con caras arrugadas por el crujido y la aspereza de la vida, ni del dulcero del Casar de Cáceres con roscas de alfajor, mantecados, rosquillas de anís, magdalenas bolluelas, los ricos bollos azucarados, ni el madrugador vendedor de churros en una cesta, ni el chamarilero, ni el afilador gallego de tristísimas aventuras que recorría la ciudad con una bicicleta casi prehistórica, ni las lavanderas que llegaban de Malpartida y llenaban de blanco los lunes cacereños, ni los quintos cuando acudían al sorteo de la mili. Ni tampoco se escuchaba la trompetilla que avisaba de que ya estaba allí el camión de la basura para conformar una larga serie de cubos de latón con los desperdicios y basuras de la casa del día anterior.

Ni tampoco se escuchaba, vaya, el pitido del cartero que abría familiarmente la puerta de la casa y voceaba el nombre del destinatario de una tarjeta postal, de una carta, de un periódico. Ni tampoco sonaban las voces niñas de “Trébol pa los borregos”, para los corderitos que nos regalaban nuestros familiares a algunos niños siempre, qué casualidad, por las cercanías de la bajada de la Virgen de la Montaña, ni se escuchaban las homilías del Nano, ni se veía el carro de chucherias del Chato de los Metales, ni la estampa desdibujada, gris, penosa, de un personaje como por Barril, que los sábados, al cobrar la paga de su trabajo, doblaba el codo mucho más de la cuenta y protagonizaba un penoso espectáculo en su ebrio deambular hasta su domicilio en el esquinazo entre la calleMargallo y San Justo, doblando por la escuela de don Juan Checa, mientras hablaba consigo mismo entre incoherencias y dando tumbos de izquierda a derecha.

Tampoco se escuchaban, tampoco, las voces y pregones del Pielero Conejero, que comerciaba con el pellejo de los lepóridos. Ni se oía la llamada a la puerta de los mendigos que pedían “Una limosna, por el amor de Dios” y se les daba comida que antes se besaba en señal de caridad.

Ya no estaban los vecinos, los amigos, ni tan siquiera aquel asfaltado de los años sesenta, cuando me caí en la zanja de la conducción del agua por mirar ¿a quién? Quizás, ella, no lo sepa nunca. Me podía la timidez.

Y llegando a la Plaza de las Cuatro Esquinas, casi tocando con la punta de los dedos la Plaza Mayor, donde tantos adioses se elevan al cielo de las caras conocidas, miré hacia atrás. Enfilé con la mirada, compungida, la calle Margallo, y, de repente, desapareció. Entonces me acordé de los alegres marchas que sonaban por ella cuando la Banda Municipal de Música, bajo las órdenes del maestro Francisco Cebrián Ruiz, acudía a la Plaza de Toros o paseaba en las Dianas Floreadas y Feriales, los desfiles de las compañías militares que regresaban al Regimiento Argel 27 con su Banda de Cornetas y Tambores, catalogada como una de las mejores de España, o la multitud de animación cuando la ciudadanía acudía a cualquier acto festivo en la Plaza de Toros. Porque el regreso al centro de la ciudad se solía hacer por la calle José Antonio.

Incluso me acordé que hasta en una pelea intervecinal, entre una pandilla de la calle Moros y otra de la calle José Antonio, sobre cuál de las dos era más importante, estos últimos nos decían que la suya porque por ella caminaban los “millonarios” que llevaban a hombros a los toreros y novilleros que abrían la puerta grande en los espectáculos taurinos. Un ejemplo que nos dolía en el alma y que no tenía respuesta.

Y desde lo alto del Capitol aquel espejismo, brillaba la calle Margallo en el cruce del sol y del agüilla de las lágrimas que me resbalaban en mis emociones como si fuera un oasis de paz en la ensoñación al hilo de la memoria.

También, claro, en el inexpugnable paso del tiempo del alma por la calle Margallo de Cáceres.

OPINIÓN DE NUESTROS LECTORES

Angel Ruiz Cano-Cortés 23:53 06 julio 2015

A mi, que nací en Cáceres, en el ya lejanísimo año 1.938, y que viví hasta los 15 años, me ha colmado de emoción, nostalgia, añoranza y melancolía tu impresionante relato de vivencias, recuerdos y personajes, constituyendo todo ello un crisol de vida ya ida, fatalmente irrecuperable y que me trae a la memoria la sentencia del Quijote : "en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño". Cordial y emotiva enhorabuena por tu maravilloso artículo, Juan de la Cruz

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