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EL PARADOR DEL CARMEN Y SUS CERCANÍAS DE CANOVAS

22 junio 2015

(A Cheli Morrul, amigo, compañero en el Cacereñeo, que me ha facilitado esta histórica fotografía, y que sabe de Cáceres lo que no está en los escritos. Persona afable y luchadora por un Cáceres mejor).

El Parador del Carmen, cuya construcción databa de los finales del XIX, cuando se marca y define por las autoridades pertinentes el estiramiento de Cáceres hacia el Sur, tras la inauguración de la línea férrea Madrid-Lisboa en el año 1.881, con la presencia de Su Majestad Alfonso XII y que posibilitó un señalado avance socioeconómico, se conformó en su tiempo como un lugar emblemático en Cáceres.

Al principio de aquellos tiempos y en lo que hoy es el Paseo de Cánovas, tan solo existían dos edificios más en esos finales del siglo XIX: El Hospital Provincial, 1.892, y el Asilo de las Hermanitas de los Pobres, 1.895, solidarias monjas de la caridad que siempre dejaron una huella de su impresionante labor y cariño.
Hablamos de una Villa, Ciudad desde el año 1.881, que en aquella época apenas contaba tan solo con 14.000 almas.

Parador del Carmen, Cáceres HistoriaUn Parador, el del Carmen, sitiado por cebadales, por huertas, por el rumor y el vaho del campo, por cercados de ganado, entre mugidos y balidos. Y también, por toda la amplitud de la zona, hablamos de campo abierto, por gruñidos de cerdos, por cacaraqueos y quiquiriqueos, por relinchos y rebuznos, por chillidos de liebres y de conejos, por zureos de palomas, por trinos y gorjeos de pájaros, por el canto de grillos y chicharras.
Y allí, por donde cruzaba el Paseo de los Aburridos, nombre que estamos tratando de recuperar para la historia social y coloquial de Cáceres, a raíz del artículo que publicamos días pasados en el periódico EXTREMADURA y en el periódico digital extremeño REGION DIGITAL, que se alargaba desde San Antón hasta Aldea Moret, se alzó aquel edificio, el Parador del Carmen, de una señera tipología urbana hasta que entraron la piqueta y la excavadora.

El Parador del Carmen fue, en su día, ese lugar de parada y fonda ante la que hacían un alto en el camino tratantes de ganados y vendedores ambulantes de todo tipo y condición, vecinos de otras poblaciones para solventar cuestiones médicas por las diferentes especialidades médicas o de las variadas tipologías administrativas que se resolvían solamente en la capital, feriantes y viajeros empedernidos, cómicos de la farsa y titiriteros y errabundos trotantes por esos mundos de Dios, representantes comerciales, matrimonios con cualquier historia que trasegaban con sus tarteras y sus cestas de mimbre con el aprovisionamiento para dar de comer al cuerpo entre patateras, morcillas, chorizos, quesos, tortillas, gazpachos, algún guiso de gallina, inclusive, perrunillas y otros. Y, también, seres solitarios, sin destino, con el morral de los sueños rotos, que de todo hay en la viña del Señor.

Olía, casi siempre, a pana de sudores y trasiegos, a ganado, a campo, a costales y morrales repletos, esfuerzos inveterados, a chambras y a botas de cordones, a alpargatas y a sueños de hambre, de necesidad, se veían sombreros con brillo de largo uso y gorras con miles de siega y laboreo, si acaso algún reloj de cadena que desembocaba en un bolsillo del chaleco, mientras que las escasas mujeres que hacían acto de alojamiento en el Parador del Carmen aparecían, por lo general, de negro riguroso, desde los pañuelos de cabeza hasta el calzado pasando por las blusas, faldriqueras y rebecas. Tal vez, como todo adorno, una cadena al cuello o un imperdible en la ropa a la altura del pecho, con una medalla de la Virgen y patrona del pueblo. También unas horquillas en el pelo para sujetar el moño.

Un Parador del Carmen siempre emblemático, ahora que ya no tenemos su imagen, porque los tiempos son así de crueles, que todo lo arrasan, como se llevaron por delante el Asilo de las Hermanitas de los Pobres, o el emblemático cine Norba, pongo por caso, a la vez que la población se fue expandiendo por los cuatro costados, a caballo entre el aumento poblacional y los nuevos tiempos, pero alargándose bastante más por la zona de los alrededores del Parador del Carmen. Lugar incluso, tanto en su tiempo como hasta mediados de los cincuenta, de citas, de encuentros, y cuyo exterior bordeaban los paseantes en Ciudad, que no en Cortes, hasta bien entrados los setenta de la pasada centuria y que se movían por la Avenida de España, en su cruce con la Avenida de la Montaña hasta la Plaza donde se situaba el Parador. Vuelta arriba y vuelta abajo. Vuelta abajo y vuelta arriba.

Y en el Parador, que también acogía hasta bestias de carga, que por aquel entonces era el principal medio de transporte para muchos viajeros, se disputaron, cuentas las crónicas de generación en generación, muchas, largas y reñidas partidas de cartas, preferentemente de briscas o de tute, como se despachaban frascas de vino tinto, procedentes de buenas viñas cacereñas, con preferencia por las de Montánchez y Cañamero, se conversaba en sus soportales, ya fuera del estado del tiempo, de la severidad y aspereza de la vida, de las epidemias como la peste porcina o la mixomatosis, de críticas al gobierno de los tiempos de Alfonso XII, de Alfonso XIII, de la dictadura del general Primo de Rivera o de la República, mientras se dejaba pasar y transcurrir del reloj camino de las diversas actividades del siguiente día entre cuentas, avíos, encargos, productos y otros menesteres.
Con el tiempo avanzando el Parador del Carmen se convirtió en un referente social y en uno de los centros señalados de la ciudad. Y hasta allí comenzaron a parar los autobuses de Mirat y otras compañías que se recorrían toda la provincia entre trayectos de pesados recorridos, mientras se edificaban por las cercanías chalets, como el de los Málaga, entre 1.932-1,934, Bien de Interés Cultural, el Cine Norba en 1.934, la Cruz de los Caídos en 1.938, el chalet de los Sánchez Torres, 1.939, la Banca Sánchez, 1.944, el mismo año que se edificaba el espacio de Sobrinos de Gabino Díez, o la casa familiar de los Candela, en la calle Primo de Rivera, a comienzos de los cincuenta.

Y si nos situamos, en el tiempo, ya venían apretando San Antón arrriba, otras edificaciones como la Casa de las Chicuelas, alzada en 1.927. Mientras que por arriba ya se espabilaba la ciudad allá por 1.896 con el Templete de la Música, el Kiosco de la Música o el Bombo, que de las tres formas se ha ido conociendo en el transcurso del tiempo. O, en 1.926 con la inauguración del Monumento a Gabriel y Galán, donde cada 6 de enero, de forma obligada en el calendario cultural cacerense, gracias al incansable escritor e investigador cacereño Valeriano Gutiérrez Macías, 1.914-2.006, se celebra una velada literaria con poemas del prestigioso autor de El Cristu Benditu, en la que se escuchan sus versos así como los de otros poetas espontáneos cacereños en ese siempre hermoso paraje de Cánovas.

Evidentemente Cáceres se alargaba hacia el Sur y, poco a poco, casi sin darnos cuenta, a lo largo de diversas generaciones, se iba consolidando el eje viario fundamental, o columna vertebral, entre la Plaza Mayor y la Plaza de América.

Un día, poco a poco, insisto, casi sin percatarnos el desarrollo modernista iba ganando terreno por la zona del Parador del Carmen, que vivió su gran etapa dorada de esplendor, y le fueron creciendo alrededor otros iconos o emblemas del Cáceres que crecía en todas direcciones. Pero con más amplitud hacia el sur.
De esa expansión dejan constancias establecimientos como el Bar Aviación, el Fielato, el Bar El Globo, Candela Palomar, el almacén de Morales, la churrería Ruiz, o Juanito, el Chochero, con su sempiterno carrillo de variedades.

Y la fiebre del crecimiento seguía absorbiendo la tipología social cacereña y en la que siempre, siempre, siempre, habrá un hueco para el recuerdo del Parador del Carmen y del que lo más jóvenes, muy probablemente, no sepan que llegó a ser un lugar acogedor de forasteros y de viajeros, necesario en la vida capitalina cacereña durante un buen período de tiempo.

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