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EL PASEO DE LOS ABURRIDOS EN CACERES

08 junio 2015

Allá en las lejanas campas de la infancia cacereña, que se van perdiendo casi en un suspiro y sin darnos cuenta, el periodista se quejaba de forma amarga, con frecuencia, de la pesadez de las tareas y deberes escolares...

Allá en las lejanas campas de la infancia cacereña, que se van perdiendo casi en un suspiro y sin darnos cuenta, el periodista se quejaba de forma amarga, con frecuencia, de la pesadez de las tareas y deberes escolares. Porque prefería, evidentemente, ir a pájaros con el tirador y la pandilla en busca de gorriatos, jugar a la villorda, a burro nuevo, al pañuelo, a las chapas, a encima, al salto del estudiante, al escondite, a hilo negro, a los bolindres, a echar un "fío" en la calle, con una pelota de los zapatos "Gorila", y muy pendiente de si se aproximaba un "bote" o guardia municipal, que perseguían de forma ávida y en el cumplimiento de sus obligaciones a los émulos de futbolistas. El caso era jugar a lo que fuera y dejar los dichosos libros al margen.

Ante la reiteración de la queja y del enfurruñamiento, su madre le solía preguntar:
-- ¿Pero qué te pasa, Juan?

El estudiante, entre dientes, solía responder sin muchos rodeos al asunto:
-- ¡Jooooó! ¡Que me aburro estudiando...!

Entonces, desde el fondo del despacho, se escuchaba, siempre con el mismo tono, suave, pero firme, la voz de don Valeriano, que era un manifiesto y sublime estudioso y divulgador del cacereñismo desde el pálpito de su actualidad, de su historia, de sus aconteceres.
-- Estudia, hijo, haz tus deberes, cumple con tu obligación y, luego, vete a buscar el Paseo de los Aburridos. A ver si lo encuentras y te entretienes un poco.

La anécdota se quedaba en la regañina paterna para que el estudiante apretara los codos, mientras su vástago, evidentemente, no se dedicaba a buscar y aprender acerca del susodicho Paseo de los Aburridos en el Cáceres, ay, de tiempos pretéritos

Más un 7 de enero de 1.983, ese notario de la actualidad y del cacereñismo que fue el siempre añorado Fernando García Morales, publicó en el diario Hoy, en su sección "Ventanas a la Ciudad", un artículo titulado "El Paseo de los Aburridos", que comienza del siguiente tenor: "Dice mi buen amigo don Valeriano (Gutiérrez Macías claro), que de antiguo existió un sitio que se llamó popularmente Paseo de los Aburridos".

Situémonos en los años ochenta del siglo XIX. La ciudad de Cáceres terminaba justo con las últimas casas de la calle San Antón, llamándose al término que se ubicaba a continuación Las Afueras de San Antón. Y Cáceres comenzaba a sentir la necesidad de su expansión por la zona, ya que en 1.881 Su Majestad el Rey Alfonso XII inauguraba la línea férrea Madrid-Lisboa.

En esos finales del siglo XIX Las Afueras de San Antón contaban con tres edificios: El Asilo de las Hermanitas de los Pobres, alzado en 1.885, el Hospital Provincial, levantado en 1.892, y el Parador del Carmen, donde hacían un alto en el camino comerciantes, vendedores de todo tipo de gremios, paisanos de pueblos cacereños de visita con diversos motivos, administrativos y médicos, entre otros, viajeros empedernidos, tratantes de ganados que se acompañaban con bestias de carga, y otros personajes del paisaje humano..

El resto del amplio terreno quedaba conformado, de forma abierta en buena lógica, con una serie de antiguas y fecundas cercas y, también, con señalados campos de cebada. Lo que era natural, por otra parte, porque se trataba, ya, de campo en estado puro, del extrarradio de la ciudad.

Un Paseo de los Aburridos que transcurría, al parecer, desde el final de la calle San Antón hasta Aldea Moret, a unos dos kilómetros de distancia, aproximadamente.

Aldea Moret ya contaba con su explotación minera de fosforita, descubierta en 1.864, por Francisco Lorenzo Acuña apodado el Fraile y por Diego Bibiano González y con un poblado, gracias al interés de don Segismundo Moret, que fue ministro, presidente del Gobierno y fundador de la Sociedad General Fosfatos de Cáceres. Y es que Segismundo Moret logró llevar un ramal ferroviario de la línea Madrid-Cáceres-Valencia de Alcántara, hasta el lugar donde se asentaba la minería cacereña. Lo que facultó de forma destacada el desarrollo económico de la zona. De ahí el nombre de la misma y que, en su buena época, llegó a contar con Ayuntamiento propio

Paseo el de los Aburridos, al tiempo, en el que, por la tipología del término, en el decir de mi padre, que gloria haya, y siguiendo el hilo de la historia coloquial, social y oral de la ciudad, debían de transitar seres solitarios, meditabundos, caminantes, andariegos y paseantes para ocupar su tiempo, su ocio, su necesidad de andar y pasear y hasta de despabilar o refrescar la mente. O lo que podría suponer, también, añadía, un buen recorrido para respirar el aire puro y darse a la meditación y reflexión.

Poco a poco el Paseo de los Aburridos se fue desplomando de la terminología popular cuando en 1895 comenzó a levantarse, más allá de San Antón, lo que primero se llamó El Ensanche. Y que también se fue conociendo, en el transcurso del tiempo, como Avenida Dos de Mayo, Avenida Luis de Armiñán, director general entonces de Obras Públicas, que dio un gran impulso a la expansión, Avenida de la República y finalmente Avenida de España. Además, claro es, de Paseo de los Aburridos.

¿Se imagina ahora el lector a caminantes aburridos, en la estricta acepción del término por el Paseo al que dieron nombre los mismos entre adioses, hasta luego vamos andando y movimientos de cabeza a modo de saludo?

Atrás, ya en el camino de la historia de Cáceres, un nombre llamativo y de tipología profundamente popular, claro, como ocurre, sucede y acaece con el del Paseo de los Aburridos. Un nombre que suena, si me permite, hasta como un término de tonalidad melancólica y que se fue devorando, qué curioso, por la propia y lógica e imperativa modernidad de aquel entonces.

¿Por dónde pasearán, ahora, nos preguntamos, los aburridos del Cáceres de hoy, que ya no disponen de un Paseo como el que trasegaron sus predecesores, de índole aburrida, claro es, a finales del siglo XIX?

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