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Monago, el profeta de la mentira y los valores familiares pisoteados

19 noviembre 2014

Cuando José Antonio Monago habla, lo hace desde un púlpito, amenazante aunque acomplejado, solemne pero patético, con un toque de ridículo y un inaudito argumentario de eufemismos.

“Cuando alguien pone el dedo en la llaga, sólo los necios piensan que lo importante es el dedo.” Confucio.

Cuando José Antonio Monago habla, lo hace desde un púlpito, amenazante aunque acomplejado, solemne pero patético, con un toque de ridículo y un inaudito argumentario de eufemismos que, como todo eufemismo, intenta ocultar tergiversando, diciendo medias verdades y empantanando el terreno antes de naufragar en las arenas movedizas de sus propias mentiras.

Vaya uno a saber por qué Monago y su asesor de imagen, consejero y empleado a su servicio, que pagamos los extremeños, decidieron crear un relato y un personaje  que obviara la realidad de sus actos y los reemplazara por una cadena de invenciones incumplidas, obviamente indemostrables y fácilmente desmontables.

Cuando Monago declaraba que bajaba los impuestos un 30 por ciento, ya los había subido un 100 por ciento. Si prometía devolver lo que nunca devolverá–“porque los viejos [sic] no cambian el voto”, dicen que dice entre los suyos-, antes se lo quitaba a los pensionistas, cuando denostaba el céntimo sanitario, al mismo tiempo lo subía al doble...

Por tanto, en la esfera del relato de ficción, Monago y el empleado que pagamos todos, intentaron mantener a los extremeños marginados de la realidad concreta, como si fuéramos imbéciles porque, evidentemente, si nos siguen intentando mentir a todos, todo el tiempo, a pesar del imposible, es que creen que somos imbéciles. La actitud de Monago podría ser descrita por el verso de una canción popular: “con una mano señala a las estrellas y con la otra te toca a la mujer”.

La última bomba fétida que le explotó en la cara, lanzada desde dentro de sus filas, según siguen filtrando los que disfrutan con la caída del profeta de la mentira, nos vuelve a poner en la diana de todas las vergüenzas. Como si fuera un Groucho Marx de alcantarilla, Monago nos mostró unos papeles que no nos quiso dar, aunque prometió darlos mientras desatornillaba la parabólica de su adosado. En una conjura de principios y finales a la carta, Monago dijo que pagó lo que no pagó, certificó lo que no se certifica y demostró lo que no demostró. De locos y sainete, si no fuera por lo trágico.

La realidad es un descenso a los infiernos y las burlas que no dejan de cesar, eso sí, ha conseguido ser tendencia en twitter más tiempo que Michael Jackson y como parece que hoy no importa el discurso y su contenido, sino el posicionamiento de tu nombre –o lo que sea-, el éxito está en la notoriedad aunque con ella llegue el descrédito, la fantasmada y el personalismo vacuo.

La mentira arraigada no nos debe sorprender de un personaje que la acepta como piedra filosofal de la política, cuando en realidad, mienten los mentirosos. Lo que sí llama poderosamente la atención, es su descaro a la hora de recurrir a los valores familiares y al respeto por la integridad de la familia. Nos quiere hacer creer que entre el dedo y la llaga, lo que importa es el dedo y no es así. Sus conductas, hoy públicas y al parecer, sabidas por muchos y muchas, han pisoteado el respeto que reclama de otros cuando él mismo no lo ha ejercido.

Por tanto, y en un ejemplo más de moralinas baratas e hipocresía low cost, Monago ha hecho verdad absoluta aquella frase de gran Groucho: “surgiendo de la nada, hemos alcanzado las cimas más altas de la miseria”. Sigue escalando José Antonio que para ti hay cimas más altas aún.

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