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La política y la moral

22 noviembre 2018

Permítanme presentarles una mínima reflexión sobre los dos términos que dan título a este nuevo aporte al blog...

Permítanme presentarles una mínima reflexión sobre los dos términos que dan título a este nuevo aporte al blog. Pero recordemos antes, en la interpretación de Antonio Hoyos y Vicent, lo que Marco Tulio Cicerón, Libro de los Oficios, Libro 1, cap. XI, expresaba:


“A la verdad aquellos que han de governar la República, dos preceptos de Platón deven guardar. El uno que de tal manera miren por el provecho de los Ciudadanos, que todo lo que hiciera a esto vaya enderezado, olvidándose de sus propios intereses. El otro, que assí tengan cuidado de todo el Cuerpo de la República, que por mirar por alguna parte de ella no desamparen las otras.


Pues aquellos que miran por alguna parte de los Ciudadanos, y de los otros no curan, por cierto, ellos introducen en la Ciudad una cosa muy dañosa: es a saber vandos y discordia de dónde procede, que siendo unos aficionados al Pueblo i otros a los principales de la Ciudad, pocos miran por el bien común.”


Vayamos con esa reflexión.


En todas partes se oye hablar del estado de depravación en que se encuentra la política española. Que esto es verdad, hemos de reconocerlo, aunque sea con rubor, más aún, con verdadera vergüenza. Lo que precisa ahora definir, es si la culpa de esta depravación corresponde a los políticos o al pueblo.


No hay un solo español que no fulmine contra todos los individuos de todas las sectas políticas y sin embargo son ellos el pueblo, quien tiene la principal culpa de este desbarajuste gubernamental.


Se habla de inmoralidades en el seno de los partidos. ¿Podría hablarse de moralidad en el pueblo?


Preciso es estudiar comparativamente, desapasionadamente, las causas y efectos que motivan ese estado de descomposición moral.


Las características generales de la política actual, son un gran escepticismo, un afán teatral y exhibicionista para epatar a la galería, que no llegan a epatar, porque puestos los unos frente a los otros, cuando los suyos han hecho el juego y tiene al público embobado admirando la maestría llegan los otros y enseñan la trampa.


Esto que pudiera ser el origen de una nueva política hasta cierto punto regeneradora no llega a producirse; el pueblo preferiría quedar embobado en el sortilegio del juego, y cuando le enseñan la trampa, en lugar de aprovecharse dela lección queda defraudado.


Hoy el Senado y el Congreso no son las tribunas dónde van a ventilarse cuestiones trascendentales para el bienestar y la paz del país; hoy los escaños del Senado y el Congreso son los pulpitos del más eres tú.


De esta nueva orientación, que nos ofrece la actual política, merced a su división en pequeños grupos podría del pueblo, si se interesada por el porvenir de su patria, sacar una provechosa enseñanza que, fundamentada, daría origen a una nueva política.


La norma de lo que puede hacerse, aunque aferrada a las tradiciones del partido, nos la ha dado Sánchez Guerra en su reciente etapa ministerial, y no creo afirmar un disparate afirmando que el partido conservador es el llamado a insta inaugurar una nueva orientación política


Si un partido político, perfectamente compenetrados y unificados los elementos integrantes, bajo la dirección de una única jefatura, tuvieras la valentía de erigirse en juez de sus propios actos este sería el que habría realizado la labor política en España.


Sí cada vez que el partido contrario lanzarse una acusación, ésta se atendiera, se estudiase, depurara y sancionará debidamente aún en el seno del propio partido, cada acusación de los unos significaría para los otros un éxito que aferraría más y más los prestigios del partido.


Hoy el partido conservador, y conste está en condiciones de hacer esto, y precisamente porque el señor Sánchez Guerra me ha dado la sensación de haber previsto y estudiado, y tal vez empezado a desarrollar esto que apunto, es por lo que creo que la misma técnica ministerial llevada a cabo últimamente, pero con más amplitud, hará de las huestes de dicho jefe, el ideal político que se espera.


No es que yo trate de restar méritos al partido de enfrente, no. Hay grandes capacidades intelectuales y políticas, verdaderos hombres de gobierno, pero el partido en sí, está indisciplinado, tan falta de paridad en los criterios, cómo tan relajados los vínculos de relación que hace que hacen falta para sostener el tinglado político, que creo descontada la inferioridad de un grupo sobre el otro.


El pueblo tiene el resorte de escape, que hará saltar esta nueva modalidad de la política española. La tiene él, porque a él es a quién le toca emprender la campaña moralizadora.


La lucha será ruda y empeñada. Más que la lucha de partidos con el pueblo, lo será solamente la lucha de partidos, pero de esta lucha saldrá la acción regeneradora. No es fácil prever el resultado, ni cuál grupo será el que os tenga la victoria. No creo que dependa ésta del que más acusaciones haga sino del que haga más justicia.


No es tampoco aventurado, predecir que ambos quedarán mal parados en la contienda. Una política como la que apunto sería algo así como un concurso eliminatorio de incapacidades y su término, un residuo de inteligencias, actitudes y voluntades, pues los unos y los otros en su pasión por el dominio -bastante más acentuada en los liberales- no tendrán en sus acusaciones ninguna consideración con el respectivo adversario.


Esta es la ocasión que debe aprovechar el pueblo para implantar esa moral tan cacareada, pero para ello es preciso que empiece por dignificarse, arrojando de su entraña con un gran gesto de repulsa el favoritismo.


Profundo análisis de una realidad que está muy presente. La situación parece compleja y triste. Al menos a mi así me lo parece. No se la valoración del amable lector.


Pero no hemos de preocuparnos. Las anteriores palabras fueron escritas y firmadas por Antonio Juez, pintor, y publicadas en Nuevo Diario de Badajoz, en el ejemplar que publicó el día 21 de diciembre de 1922. ¿o sí?

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