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Hasta pronto, Ana

08 octubre 2018

Era por los primeros días del noviembre del pasado 2017. Desde este mismo blog, me dirigía a ti, entonces a una “jovencita” de 108 años

Era por los primeros días del noviembre del pasado 2017. Desde este mismo blog, me dirigía a ti, entonces a una “jovencita” de 108 años. De unos 108 años que tenías recién cumplidos. Te deseaba entonces una fiesta grande en tus próximos 109 años.

Pero no ha podido ser. Tu corazón ha dejado de latir. Y en este primer sábado de octubre, cuando los ya tibios rayos solares comenzaban a mostrarnos un otoño esplendoroso, ese otoño tan bellamente presente por estos lares extremeños en que moramos, te has ido y nos has dejado. Has marchado tranquila, acompañada por tu familia, unida a nuestra mano gracias a la maravillosa gente que en Caser Puente Real te cuidaba y mimaba. Te fuiste esperanzada, confiada y segura de encontrarte con toda tu familia y mi corazón me asegura que así habrá sido, ahora estáis todos juntos, …esperándome.

Tu cuerpo luchaba por aferrarse a la vida, pero tu mente estaba con ellos desde hacía ya mucho tiempo. Querías irte y ese es el consuelo que tenemos los que aquí nos quedamos, echándote tanto de menos porque eras una persona muy especial y muy querida.

Tu marcha ha sido como fue toda tu vida, silenciosa, callada, llena de quietud y de tranquilidad. Nos has dejado con una indefinible y hasta extraña mezcla de dolor y de tranquilidad, casi me atrevería a decir cercana a la alegría, el uno por tu marcha, la otra por esa quietud que nos han dado las dulces circunstancias que han rodeado tu ida.

Pese a todo, la pena es grande. No deseo ni quiero pensarte ya fuera de nosotros. Por ello te dedico partes de mis sentimientos, de esos que hace un año te manifestaba. Y aunque me repita, no encuentro otras palabras para rendirte mi personal homenaje de amor.

De amoroso recuerdo a una menuda mujer más que centenaria. De apariencia siempre frágil pero dura y resistente en su vida.

Por ello, un ser humano nacido en 1909 ocupa mi subjetivo interés que busca con estas líneas un mínimo y personal homenaje a la mujer que fue, que es, importante, muy importante, para quienes formamos parte de su familia. Una mujer que vivió la Primera Guerra Mundial, que conoció la gripe española, que la Gran Depresión la acompañó en su juventud, que hubo de padecer, ahora de forma muy directa y dolorosa, la Guerra Civil española y las penurias de todo tipo que los años siguientes se registraban y asediaban a las familias humildes de una Extremadura depauperada.

Una mujer que fue, imagino que asombrada, testigo de los aconteceres de la Segunda Guerra Mundial y de los grandes cambios que se daban en las décadas posteriores.

La suya fue una familia humilde. Ana, que así se llama, se llamaba, mi “jovencita”, vivió siempre con sus padres y hermanos. Porque Ana nunca se casó. Vivió con su padre, un modesto zapatero de un pueblo extremeño y con su madre, dedicada, como la inmensa mayoría de las mujeres de su tiempo, a ser una abnegada y trabajadora ama de casa al servicio permanente de su familia y haciendo múltiples malabares para llegar a final de mes. Fue la segunda de sus hermanos, un único varón, el mayor, Tomás, que en un accidente de tren hubo de sufrir la traumática amputación de un brazo y tres hermanas.

En su juventud, Ana deseaba ser maestra. Lo recuerda, creo con nostalgia y algo de pena. Una familia acomodada de su pueblo pretendió abonarle la carrera de maestra, pero el proyecto no pudo culminarse.  

Y cuando sus padres envejecieron, ella pasó a ocupar el puesto y las funciones de ama de casa, atendiendo a sus hermanas, Coronada y María, que fueron modistas, unas buenas profesionales, con segura clientela y renombre de buen hacer en su ámbito local y hasta fuera del mismo. Y cuidando, cuando lo precisó, a su otra hermana, a Isabel, felizmente casada. Con todos ellos, Amalia, una sobrina de su madre, una mujer vitalista donde existan, de ánimo vehemente y de potente coraje, un miembro más de la familia, ella sí, lamentablemente desaparecida de la vida que no de nuestro corazón y ni del recuerdo más profundo.  

Hoy, pese a tu ya permanente ausencia de la realidad material que transitamos, que no de nuestros corazones y de nuestros recuerdos, es un buen día para decirte de manera especial, para recordarte y reiterarte, lo importante que has sido y eres y lo mucho que representas, no sólo para mí, sino para todos esos sobrinos y resobrinos a los que diste tanto y a los que te diste y entregaste con intensidad, con generosidad, con dulzura, con tu trabajo y con tu ejemplo de vida callada en servicio y dedicación permanente. Porque fuiste, y lo sigues siendo, la segunda madre para todos. Esa madre añadida, esa persona que lo da, que lo dio, todo por nosotros sin pedirnos nada a cambio, que nos ha permitido más caprichos y, a veces, más mimos, que nuestros progenitores.

Cumpliste 108 años. Y tus penetrantes ojos verdes conservaban la viveza de tiempos primigenios adornados por los surcos que el tiempo marcó en tu rostro y las experiencias de la multitud de horas vividas. Y hoy lloro, porque esa que iba a ser “mi jovencita” de 109 años se nos ha marchado, queda y silenciosamente. Ya no caminas sobre las ruedas de tu silla, ahora transitas por sendas celestiales leyendo periódicos angélicos, como esos terrenales que devorabas cada día. Y desde ellas, estoy seguro de ello, seguirás amándonos y protegiéndonos, como siempre hiciste.

Por ello, ignoro si en un poco recomendable ejercicio de amorosa subjetividad, he deseado, Ana, dedicarte estas líneas. Porque haber tenido una persona como tú es como haber dispuesto de un valioso e inagotable tesoro que largo tiempo hemos disfrutado. Por todo, con mi afecto, con todo mi cariño, con todo mi amor…, Hasta pronto, Ana.

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