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A UNA “JOVENCITA” DE 108 AÑOS

06 noviembre 2017

Se nos han marchado los días finales de octubre. Y con ellos, mi personal y subjetiva necesidad de recordar, y de acompañar, como muchos días de cada mes y de cada año, a una joven mujer...

Se nos han marchado los días finales de octubre. Y con ellos, mi personal y subjetiva necesidad de recordar, y de acompañar, como muchos días de cada mes y de cada año, a una joven mujer que en el pasado 27 de octubre cumplió 108 años de vida. Si amable lector, 108 años desde que en aquel ya muy lejano 27 de octubre de 1909 en que nació.
Una menuda mujer más que centenaria. De apariencia siempre frágil pero dura y resistente en su vida. Ignoro cuantas personas de edades cercanas a sus 108 años vivirán en este espacio geográfico que nos acoge. Conozco a ese hombre, conocido como Marchena, que en su Bienvenida muestra jubiloso sus ya inmediatos 113 años que le hacen el más longevo del Planeta. Ni lo sé ni me preocupa. Sólo deseo que todos moren con salud, lúcidos, sin dolores, felices con sus gentes y en sus ámbitos vivenciales y que para ellos, como para todos nosotros, el tránsito que todos habremos de realizar, como pedían y deseaban los romanos, nos sea leve, que en ellos y en todos nosotros se cumpla el “Sit tibi terra levis”.
Un ser humano nacido en 1909 ocupa mi subjetivo interés que busca con estas líneas un mínimo y personal homenaje a la mujer que fue, que es, importante, muy importante, para quienes formamos parte de su familia. Una mujer que vivió la Primera Guerra Mundial, que conoció la gripe española, que la Gran Depresión la acompañó en su juventud, que hubo de padecer, ahora de forma muy directa y dolorosa, la Guerra Civil española y las penurias de todo tipo que los años siguientes se registraban y asediaban a las familias humildes de una Extremadura depauperada.
Una mujer que fue, imagino que asombrada, testigo de los aconteceres de la Segunda Guerra Mundial y de los grandes cambios que se daban en las décadas posteriores.
La suya fue una familia humilde. Ana, que así se llama mi “jovencita”, vivió siempre con sus padres y hermanos. Porque Ana nunca se casó. Vivió con su padre, un modesto zapatero de un pueblo extremeño y con su madre, dedicada, como la inmensa mayoría de las mujeres de su tiempo, a “las labores de su sexo”, a ser una abnegada y trabajadora ama de casa al servicio permanente de su familia y haciendo múltiples malabares para llegar a final de mes. Fue la segunda de sus hermanos, un único varón, el mayor, Tomás, que en un accidente de tren hubo de sufrir la traumática amputación de un brazo y tres hermanas.
En su juventud, Ana deseaba ser maestra. Lo recuerda, creo con nostalgia y algo de pena. Una familia acomodada de su pueblo pretendió abonarle la carrera de maestra, pero el proyecto no pudo culminarse.
Y cuando sus padres envejecieron, ella pasó a ocupar el puesto y las funciones de ama de casa, atendiendo a sus hermanas, Coronada y María, que fueron modistas, unas buenas profesionales, con segura clientela y renombre de buen hacer en su ámbito local y hasta fuera del mismo. Y cuidando, cuando lo precisó, a su otra hermana, a Isabel, felizmente casada. Con todos ellos, Amalia, una sobrina de su madre, una mujer vitalista donde existan, de ánimo vehemente y de potente coraje, un miembro más de la familia, ella si, lamentablemente desaparecida de la vida que no de nuestro corazón y ni del recuerdo más profundo.
Hoy es un buen día para decirte de manera especial, para recordarte y reiterarte, lo importante que has sido y eres y lo mucho que representa, no sólo para mí, sino para todos esos sobrinos y resobrinos a los que diste tanto y a los que te diste y entregaste con intensidad, con generosidad, con dulzura, con tu trabajo y con tu ejemplo de vida callada en servicio y dedicación permanente. Porque fuiste, y lo sigues siendo, la segunda madre para todos. Esa madre añadida, esa persona que lo da todo por nosotros sin pedirnos nada a cambio, que nos ha permitido más caprichos y, a veces, más mimos, que nuestros progenitores.
Has cumplido 108 años. Pero tus penetrantes ojos verdes parecen conservar, conservan, la viveza de tiempos primigenios adornados ahora por los surcos que el tiempo marcó en tu rostro y las experiencias de la multitud de horas vividas. Pero hay algo más importante. Un corazón que ama siempre será joven. Por ello me dirijo a ti, a una jovencita de 108 años. Porque aunque ya sólo camines sobre las ruedas de tu silla, sigues siendo una jovencita más que centenaria.
Tener una persona como tú es como disponer de un valioso tesoro que largo tiempo hemos disfrutado y que disfrutaremos hasta que la vida disponga. Bien sabemos qué nacimos con ignorada fecha de caducidad. Por ello, disfrutemos el presente y agradecemos que tu día, ese día de tus 108 años, fue mejor que maravilloso y genial. No lo olvidemos, los años que pasan son como ladrillos que sirven para construir la sabiduría y elevar la paz de espíritu.
Mañana, viviremos lo que tengamos que vivir y hasta donde lo tengamos. Pero en tanto, en un poco recomendable ejercicio de amorosa subjetividad, he deseado, Ana, dedicarte estas líneas. La edad está en nuestras mentes, no en el carnet de identidad; y tu mente sigue siendo muy joven, con tu energía y tus ganas de vivir. Te deseo un feliz fiesta de tus próximos 109 años.
Y permíteme concluya con unos versos, de autor que no recuerdo, que en algún momento leí. Decían así:
“NO ES VIEJO.
No es viejo aquel que pierde su cabello o su última muela, sino su última esperanza.
No es viejo, el que lleva en su corazón el amor siempre ardiente.
No es viejo el que mantiene su fe en sí mismo, el que vive sanamente alegre, convencido de que para el corazón puro no hay edad.
El cuerpo envejece, pero no la actividad creadora del espíritu.
Para el profano la ancianidad es invierno; para el sabio es la estación de la cosecha. El crepúsculo de la vida trae consigo su propia lámpara.
Hay una primavera que no vuelve jamás y otra que es eterna; la primera es la juventud del cuerpo, la segunda es la juventud del alma.”
Ya lo había expresado Cicerón: No puede haber cosa más alegre y feliz que la vejez pertrechada con los estudios y experiencias de la juventud.

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