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  • 15 jun 2024

SORPRENDENTE

09 agosto 2016

En esta tierra extremeña que hoy amorosa y cálidamente nos acoge había sido muy habitual, hasta bien entrado el siglo XVIII, contemplar la presencia y constatar la existencia de seres humanos que carecían de libertad...

En esta tierra extremeña que hoy amorosa y cálidamente nos acoge había sido muy habitual, hasta bien entrado el siglo XVIII, contemplar la presencia y constatar la existencia de seres humanos que carecían de libertad jurídica y que constituían los sorprendentes representantes e integrantes del grupo social de los marginados.

Porque en Extremadura, como en muchos territorios de la España de los Tiempos Modernos, al lado de la sociedad tradicional, conviviendo con privilegiados y con pecheros, con eclesiásticos y con seglares, con vecinos y con forasteros, existen unas gentes englobadas bajo el calificativo genérico de "marginados". El fenómeno no era nuevo. La marginación y los marginados, voluntaria o forzada, vinculada a conductas más o menos buscadas, impuestas por unos preceptos jurídicos o por unos condicionantes y factores ambientales extrapersonales que conducen inexorablemente a la misma, han sido piezas sociales presentes y actuantes desde el comienzo de los tiempos históricos. Con la creación y aparición de códigos legales que coartan los impulsos vivenciales de determinados individuos, se desarrollan los primeros marginados, aquellos primeros hombres y mujeres que se automarginan de un sistema normativo forzadamente impuesto. O que es marginada por el mismo sistema.

Dentro de ese complejo mundo, intento referirme aquí y ahora a los esclavos, a los marginados jurídicos, pero no a esa multitud de hombres y mujeres que desarrollaron sus vidas –o fueron obligados a ello- y que despertaron preocupaciones investigadoras diversas, como por ejemplo, las de la Doctora Rocío Periáñez Gómez, en su análisis de la esclavitud extremeña de los siglos XVI al XVIII (Negros, mulatos y blancos: los esclavos en Extremadura durante la Edad Moderna, Diputación Badajoz, 2011) sino a otros esclavos presentes en este mundo de ya bien entrado el siglo XXI.

Resulta, cuando menos, sorprendente la existencia de población esclava en determinados territorios del continente africano. Triste, dura. Inhumana y sorprendente realidad de la que se hace eco la prensa nacional. Se destaca como en algunos países -Mali, Níger, Sudán,…- se siguen permitiendo y tolerando viejas prácticas esclavistas, férreamente incardinadas en situaciones del pasado y que perpetúan formas de dominación no sólo bien incompatibles con convenios y acuerdos internacionales, sino con la más leve obligación de la mínima humanidad hacia nuestros semejantes. Y de ahí que me resulte tan sorprendente la dura realidad y pretenda aportar mi leve granito de arena a su conclusión.

Estamos, como en la España de los Tiempos Modernos o en otros territorios que permitieron este gravísimo atentado contra el más elemental de los respetos a los Derechos Humanos, ante una forma de dominación que se transmite de generación en generación a través de la mujer, ya que el hijo de una esclava detenta, por su nacimiento, la misma condición esclava que la madre. Independientemente de la condición jurídica de su padre.

La lucha y la oposición a la práctica de la esclavitud y su impunidad jurídica se encuentra presente en la propia Mauritania, -que por otro lado realiza redadas masivas de los inmigrantes que recibe y les exige grandes cantidades por evitar la expulsión- gracias a las actuaciones del activista Biram uld Abeid uld Dah, el presidente Iniciativa para el Resurgimiento del Movimiento Abolicionista en Mauritania, condenado a prisión por haber organizado una caravana de sensibilización contra la esclavitud. Y a también conocida activista por los Derechos Humanos y líder abolicionista Aminetou Mint El-Moctar, que ha hecho de su existencia un puro compromiso de vida.

De forma paradójica –o tal vez no- aunque la esclavitud mauritana fue abolida en 1981, nada cambió. En 2007, aunque el Parlamento mauritano criminalizó la esclavitud, su aplicación práctica no se registró y sólo muy recientemente se ha logrado una nueva norma jurídica que considera a la esclavitud como crimen contra la Humanidad.

Y parece que la situación comienza a cambiar, mejorando las perspectivas futuras de estas gentes. Y así, los hijos de los esclavos aprenden a leer y a escribir, con seguridad la mejor, y hasta única iniciativa que les dotará de las mejores herramientas que posibilitarán la conclusión de esa lacra social ligada a formas sociales de dependencias personales propiciadas por una pobreza y miseria multiseculares que les ha excluido de su condición de ser humano.

Combatir y aniquilar esta penosa e injusta situación social y vivencial es el objetivo de una Asociación de Mujeres Jefas de Familia de Mint El-Moctar, quienes han puesto en marcha escuelas para instruir y enseñar a las poblaciones infantiles de esclavos de facto, que no de jure, a leer y escribir, en árabe y en francés.

La tarea de su desaparición real y efectiva será larga y compleja. Ya lo decían la Celestina de Fernando de Rojas y Don Quijote: Que no se ganó Zamora en una hora.

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