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EL CID, AQUEL BUEN VASALLO. III

28 julio 2017

EL CID, AQUEL BUEN VASALLO. III

La semana pasada los dejé con la miel en los labios, Alfonso el rey de León, acababa de morder el polvo a manos de su hermano, el rey Sancho de Castilla...

La semana pasada los dejé con la miel en los labios, Alfonso el rey de León, acababa de morder el polvo a manos de su hermano, el rey Sancho de Castilla, y como imaginarán las consecuencias que conllevaba la derrota no eran de buen gusto para el vencido, no estaba dispuesto a entregar su reino, ni aunque el mismísimo Arcángel Gabriel se lo hubiese pedido. Aquello sería mayor deshonra que faltar a la palabra que en el pasado había dado a su hermano.
Con gran indignación Sancho convocó a su Corte, ansiaba la aniquilación de Alfonso y sus partidarios, tal afrenta no podía quedar impune. Los viejos nobles, con más años de diplomacia y guerra a la espalda que el joven rey, no tardaron en sofocar al monarca, se limitaron a explicarle que tras la victoria castellana había quedado más que probada su superioridad militar, León resultaba muy apetecible, pero convenía esperar, delante de Sancho aún se presentaban importantes conquistas que seguramente le costarían caras, y es que al igual que Alfonso, el resto de sus hermanos iban a poner un alto precio a sus posesiones. Justo en aquella reunión, Rodrigo se atrevió a dar un paso al frente por primera vez en la Corte, y esto eran palabras mayores, pues aquellos que no procedían de grandes familias bien sabían que su voz apenas tenía cabida entre los oídos del rey, y aun siendo Rodrigo muy amigo de Sancho no quería decir que el monarca tuviera que darle el mismo trato frente a la Corte. El caso es que el de Vivar propuso la siguiente estrategia: primero, Sancho debería reconciliarse con Alfonso y ofrecerle una alianza para terminar con las rencillas, ésta le valdría para unir las fuerzas de ambos y atacar Galicia, la cual pertenecía al hermano menor de ambos, García; conquistada y repartida Galicia, sería el momento de atacar por sorpresa León.
Sancho y los nobles de la Corte quedaron impresionados ante la sagacidad de Rodrigo, ninguno se mostró contrario a su idea.

El acuerdo no se hizo esperar, y para el año 1071 los dos hermanos vencedores han entrado en Santiago de Compostela, García, por su parte, ha sido encarcelado, pero Alfonso y Sancho no tardarán en despacharlo de un puntapié al Reino Taifa de Sevilla. Castilla y León firmaron una tregua, y Sancho se preocupó en dispensar buen trato con sus vecinos en todo momento, hasta que tres años después, cobrándose con creces el despropósito de Alfonso tiempo atrás, entró con todo su ejército en León. Fue pan comido llegar hasta la capital del reino, pues en esta ocasión fue Rodrigo quien encabezó a las tropas del rey, y más de un leonés, recordando las que había pasado frente al Cid años antes, decidió cambiar de bando en mitad de la batalla. La venganza estaba servida, pero se recrudeció más cuando Sancho encarceló a Alfonso, a esto vino su hermana Urraca, señora de Zamora –de ella se cuenta que lo pasaba bien en la alcoba con Alfonso, ¿incesto? Más claro agua- para interceder por su hermano, lo cual valió la puesta en libertad del leonés, que corrió al amparo de un curioso amigo, el rey moro de Toledo.
La conversación con Urraca y la puesta en libertad de Alfonso, junto a varios malentendidos forzados, valieron como excusa a Sancho para atacar Zamora.

Los castellanos apenas encontraron resistencia, y tan pronto como llegaron a la ciudad la sitiaron. A Rodrigo no gustó para nada aquello, veía en los habitantes de Zamora a gente de armas tomar, tipos peligrosos que esperaban al acecho cualquier debilidad del enemigo, a esto apareció como por arte de magia un tipo llamado Vellido Dolfos, un supuesto noble renegado de Zamora que era fiel a la causa del rey Sancho. Pronto supo ganarse la amistad del monarca, a quien prometió desvelarle cual era el punto más débil de la muralla zamorana. El Cid desconfió desde el primer momento de aquel personaje, captaba con facilidad los embustes y aquel zopenco los escupía a pares. Podría engañar al rey, pero a él no, y todo el tiempo anduvo advirtiendo al monarca sobre el peligro que traía aquel demonio, Sancho hacía oídos sordos a Rodrigo, confiaba ciegamente en su nuevo amigo. Consciente de lo inútil de sus advertencias, el Cid hizo de guardaespaldas real mientras duró el cerco a la ciudad.
Una buena mañana, aprovechando que Rodrigo dormía profundamente, Vellido fue en busca del rey con el pretexto de ir de caza y enseñarle finalmente el punto débil de los muros de la ciudad, Sancho tan complaciente como siempre, aceptó la invitación y partió junto él. Pero por el camino sucedió algo, la naturaleza, siempre presente de buena mañana, llamó al vientre del rey, y éste corriendo cuesta abajo en busca de unos arbustos dejó su corcel y lanza en manos de Vellido, y mientras Sancho se ponía en cuclillas y obraba tranquilamente, el zamorano tomó la lanza del monarca, la alzó con firmeza y la lanzó fieramente contra el vulnerable cuerpo del rey. Allí lo dejó, atravesado de costado a costado, desangrándose y tumbado sobre sus propias heces, como si de un jabalí se tratase.

La muerte del rey Sancho conmocionó al pueblo castellano, pero desahogó a los sitiados e hizo resurgir a Alfonso, que volvió desde Toledo para coronarse rey de Castilla. La sucesión de acontecimientos y principalmente la conmoción que supuso el asesinato de Sancho para Rodrigo, hicieron que el Cid dudara de todos y ante todo, buscaba una respuesta al por qué de aquel descuido, se preguntaba si alguien más que Urraca había tenido que ver en el regicidio, ¿quizás Alfonso? Aquella pregunta también se la hicieron los nobles castellanos, pero en el momento de la coronación ninguno se atrevió a ponerlo en duda, aquella cuestión era una ofensa. Pero Rodrigo, con mucha calma y muy decididamente se puso en pie, se dirigió ante Alfonso, lo tomó por la muñeca y le llevó la mano a la Biblia que había junto al altar, y ante los presentes, con aquel gesto hizo jurar al nuevo rey que no había tenido nada que ver con la muerte de su hermano. No contento con el primer juramento, le exigió repetir el mismo voto una segunda vez, tras lo cual el Cid se arrodilló ante Alfonso y le juró fidelidad brindándole su espada. La escena indignó profundamente al monarca y desde ese momento, como venganza, mandaría a Rodrigo a las más penosas y duras misiones que se le pudieran encomendar.
De tales venturas siempre salió bien airado, y ante tan buenos resultados recuperó la confianza del rey Alfonso, pero todo se entroncó cuando Rodrigo hubo de cobrar unas parias en el Reino Taifa de Sevilla, pues García Ordóñez, uno de los favoritos de monarca cristiano, se unió junto al rey moro de Granada para atacar al reino hispalense y saquearlo. Rodrigo, consciente de la necesidad, decidió defender Sevilla, aliada y protegida de rey, de modo que permaneció en la ciudad y plantó cara a los atacantes, sin mirar si quien luchaba a su lado era moro o cristiano, ni teniendo en cuenta si despachaba a infieles o católicos. Y de tal lance sacó una provechosa pero dura victoria.

El trinfo en Sevilla y la entrega de las parias, lejos de agradar a Alfonso VI, terminó por irritarle, ahora tenía descontento a García Ordóñez, uno de los nobles más importantes del reino, y aquel berrinche iba a cobrárselo caro al monarca. Éste ante la creciente presión de la nobleza leonesa, aprovechó un ataque de Rodrigo contra el Reino Taifa de Toledo (aquel que lo acogió antaño) para desterrarlo y romper con él sus relaciones de vasallaje. El Cid buscaba ahora un nuevo señor al que servir, otro rey que precisara sus servicios. Tras vagar sin rumbo durante un tiempo y saquear varios poblados para pagar a sus hombres, lo encontrará en el Reino Taifa de Zaragoza.

CONTINUARÁ

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