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EL CID. AQUEL BUEN VASALLO. II

19 julio 2017

EL CID. AQUEL BUEN VASALLO. II

La Navidad del año 1065 fue completamente distinta para los castellanos...

La Navidad del año 1065 fue completamente distinta para los castellanos, y es que el día 27 de diciembre el pueblo amaneció con una terrible noticia, su amado rey Fernando I el Magno, acababa de fallecer. El Reino entero vestía de luto: los balcones de las casas se cubrían de oscuras telas, pendones negros azabache ondeaban en cada castillo, ciudad y fortaleza, la nobleza por su parte, portaba austeras y sombrías ropas en señal de duelo.
Pero lamentos aparte, en la Corte ahora se gestaba un asunto de suma importancia para el futuro de la cristiandad y de la propia corona. Y esto no es moco de pavo, pues en su lecho de muerte, y por tradición en parte y causas desconocidas añadidas, el Rey decidió dividir el Reino entre sus hijos: a Sancho le entregó Castilla, la joya de sus posesiones; Alfonso recibió León, corazón y alma de sus dominios; García se quedó con Galicia; Urraca heredó la ciudad de Zamora y Elvira hizo lo mismo con Toro.
Tan pronto como cada uno tomó posesión de su reino, ninguno perdió el tiempo en tomar las armas para prepararse ante lo que parecía una inevitable guerra fratricida.

Desde un primer momento Rodrigo se posicionó de parte de su carnal amigo Sancho, el nuevo rey de Castilla no sabía que tenía ante él al eje principal de sus futuras conquistas, mas era buen conocedor de las capacidades de su hermano de armas y pronto las pondría a prueba. El reino taifa de Zaragoza había sido vasallo de Castilla en vida del difunto rey Fernando, y ahora la fidelidad de los moros peligraba, pues desde el fallecimiento de su padre, Sancho notaba como las relaciones se habían enfriado de la noche a la mañana, y eso él no podía permitirlo. Lo intentó primeramente por las buenas, dialogando y tratando cortésmente con Al-Muqtadir, pero las negociaciones nunca llegaban a buen puerto, el moro se negaba a pagar taifas al rey de Castilla, y eso Sancho no podía aceptarlo. Y harto de tanta palabra y tantas sandeces, el monarca castellano decidió muy pronto reunir todas sus huestes y marchar sobre Zaragoza, para dar un sustito sin importancia. Tan pronto como las mesnadas se juntaron, Sancho y sus guerreros se dispusieron para un agradable paseo hasta las puertas de la capital de Al-Muqtadir, y parece ser que Zaragoza les gustó, pues la cercaron y allí permanecieron un tiempo. Pero tal acto despertó las ansias guerreras de otros dos Sanchos, primos del primero -tienen ustedes montado un lío, lo sé- Sancho Garcés IV de Navarra y Sancho I de Aragón, que aparte de querer darse de mamporros mutuamente, rivalizaban por los encantos de las parias zaragozanas. El caso es que los combates que hubo no fueron para tanto pintando la cosa como pintaba, lo que sí les puedo asegurar que en cada uno de ellos Rodrigo dio la talla: peleó como una fiera, socorrió a sus compañeros y perdonó la vida a más de un desgraciado. Pardiez, incluso se lanzaba en cabeza en las cargas de la caballería, era el primero en entrar en combate y el último en envainar la espada. Tales logros le valieron el sobrenombre de ¨Mio Cid¨ entre los moros, lo que venía siendo ¨Mi señor¨ -otros cuentan que este apodo le vendrá posteriormente, cuando sirva a los zaragozanos-. En aquella Guerra de los Tres Sanchos, solo Sancho II de Castilla, ¨El fuerte¨, salió bien parado, pues a pesar de los enfrentamientos, recobró la fidelidad de Al-Muqtadir y de paso arrebató posesiones a su primo el navarro.

Al poco tiempo de aquella empresa, la reina Sancha, viuda del Magno Fernando, falleció. Con ella se iba el pegamento que mantenía unidos a aquellos hermanos que deseaban afanosamente aniquilarse mutuamente. En cuanto Dios se la llevó, los enfrentamientos arribaron, en primer lugar, Alfonso, el rey de León y Sancho, acordaron presentar batalla con sus respectivas huestes, y a fin de quien saliera vencedor, uno se quedaría con el reino del otro. Propuesta tentadora, pero a la vez peligrosa.
Cuando los ejércitos se encontraron frente a frente, la cosa no pintaba muy bien para los castellanos, Alfonso había elevado la leva y sus fuerzas eran más numerosas, pero Sancho no se achicaba por aquello, sabía que de su lado tenía a los comandantes más expertos y curtidos de todos los reinos cristianos, y sobre todo se escudaba en su más brillante alférez, Rodrigo. Allí estaban dispuestos, como si fueran piezas de ajedrez, el campo de batalla estaba completamente embarrado, el lodo y el fango se fundían en el terreno. Rodrigo observaba la situación con cuidado, planificaba mentalmente todo lo que estaba por suceder y cómo reaccionar, calculaba que cada castellano equivalía a tres leoneses y añadía el factor numérico a sus planes, pero también tuvo en cuenta el clima, (a lo largo del día el calor se haría cada vez más latente, estaban en primavera) y las unidades de cada ejército. Rápidamente se acercó a su rey Sancho, y con dedo firme señaló a la caballería enemiga, aquella era su principal preocupación, era la que verdaderamente hacía que los enemigos los superaran en número, pero también podían convertirse en su punto débil. Ambos llegaron a la conclusión de que era imposible ganar aquella batalla con un choque frontal, pero lo que sí podían hacer era jugar con la estrategia e imitar la táctica más clásica de los moros: atacar, huir y volver por sorpresa para aniquilar.

Cuando los cuernos de batalla sonaron, la caballería leonesa se cernió sobre los castellanos, pero ¡Oh tragedia!, los caballos tropezaban y se hundían en el barro, los pozos de fango y lodo hacían las suyas para contener aquel empuje, en ese momento Rodrigo habló con Sancho y le dijo que era el momento, al instante la infantería castellana se colocó frente al barrizal picas en alto para esperar la llegada de los pocos jinetes que pudieran cruzar tan angosto paso, y seguidamente se lanzaron a por los allí atrapados, con lo que no contaban era con que los infantes leoneses corrían en busca de aquellos castellanos que se entretenían muy airadamente con sus caballeros. Consciente de que sus enemigos habían mordido el anzuelo, Rodrigo dejó que la infantería leonesa despachara a gusto a unos cuantos de sus hombres para hacerles creer que todo estaba de su parte, y cuando vio que era suficiente, los mandó regresar y simuló con ellos una brillante huida. El rey Alfonso observaba incrédulo todo aquello, no daba crédito a la escena, era demasiado fácil, y el combate había durado muy poco, se habían cargado a buena parte de su caballería eso sí, pero seguía siendo todo muy extraño. Aun así corrió a felicitar a sus hombres y a celebrar junto a ellos la victoria.
Aquel júbilo se prolongó hasta la noche, el campamento desbordaba alegría y cánticos, todos estaban entusiasmados por tal bicoca. Entre tanto jolgorio unas sombras se aproximaban con paso decidido rodeando el campamento leones, un vigía creyó atisbar algo, pero antes de dar la voz de alarma fue degollado. Al instante los cantos y voces de los vencedores cesaron, parecía oírse a lo lejos un fuerte galopar de caballos, no tuvieron tiempo de pensar dos veces que es lo que podía ser. La caballería del rey Don Sancho entraba a sangre y fuego en el campamento, batiendo a todo el que se ponía por medio y Rodrigo, como no, encabezaba la carga, voceando el nombre de Castilla y espetando ¡Vivas! a su rey Sancho. Para cuando los hombres de Alfonso consiguieron vestirse y tomar las armas, la infantería castellana repartía tajos a diestro y siniestro por el campamento. La oscuridad de la noche no permitía ver cuánta fue la sangre vertida aquella madrugada, tan solo los chillidos y los gritos de auxilio daban buena cuenta de lo que en aquel lugar se cocía.

Temeroso por su vida y consciente del desastre, Alfonso pidió el cese de la batalla y reconoció la derrota ante su hermano Sancho, mas finalmente no cumplió lo pactado, y más por vergüenza que por falta de palabra, se negó a entregar el reino a su hermano. La pelea entre ambos tuvo sus treguas y el esperado desenlace, pero eso lo veremos en el próximo capítulo.

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