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Región Digital

Exánime

30 diciembre 2019

Llega el fin de año, por cierto, divisiones arbitrarias del tiempo que hacemos cada cultura, y es tiempo...

Al igual que en los comienzos de una etapa o un ciclo (tras las vacaciones de verano, con el inicio de un año, al pasar una experiencia traumática…) nos proponemos cumplir una serie de compromisos que den un giro a nuestras vidas, estamos, en estos momentos, en la situación o en los momentos contrarios.

Llega el fin de año, por cierto, divisiones arbitrarias del tiempo que hacemos cada cultura, y es tiempo, no sólo de hacer balance, si no también, de manera precipitada, de ir deprisa y corriendo a socializarnos, a realizar todas las actividades que no hemos hecho a lo largo de los meses previos, a acumular encuentros, reuniones, oportunidades de compartir….

Y al culminar este trepidante proceso, acabamos exánimes, sin fuerzas, agotados, pero presuntamente muy felices. 

Recordamos añejos tópicos, como aquel que dice que siempre debería ser Navidad para parafrasear el hecho de que no tiene sentido cambiar de actitud ante la vida sólo y exclusivamente durante unos días al año.

Elijas la actividad que quieras, el prototipo siempre es el mismo: la vida pública, el trabajo y sus relaciones personales, el deporte y las aficiones… en todas ellas se produce una aceleración desproporcionada a lo que en realidad somos.

Al final, surge la reflexión. Necesitamos parar. Volver a reiniciarnos. Hacer un catálogo de enmiendas para intentar no repetir errores o al menos para dar un impulso a aquellas cuestiones que puedan representar mejoras en nuestra calidad de vida, o al menos, puedan hacernos sentir mejor con nosotros mismos.

De cualquier forma, cansarnos, agotarnos, debilitarnos… es también un signo positivo. Es el síntoma de que tenemos fuerzas y que las empleamos. Es la prueba de que la acción predomina a la inapetencia. Es, en definitiva, el ejemplo claro de que la vida consiste, al fin y al cabo, en una sucesión de acciones y reacciones. 

Lo que peor pudiera pasar sería la indiferencia. El desplome. El ver pasar horas y minutos sin hacer nada.

Así pues, disfrutemos, aunque parezca una contradicción de permanecer exánimes al final de esta vorágine de actos, acciones, actividades y movimientos.

Por cierto, la tranquilidad y el descanso, también forman parte de ello.

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